14.5.12

Mark Twain, 1835-1910

Twain, padre de la literatura norteamericana.William Faulkner lo calificó a Twain como «el padre de la literatura norteamericana":

Samuel Clemens, conocido autoralmente como   Mark Twain, reconocido como el "padre de la literatura norteamericana", escribió "La oración de guerra" que nos ocupa, durante el conflicto bélico entre Estados Unidos y Filipinas (1899-1913). Este escrito fue rechazado por la  revista Harper's Bazaar, que lo tenía contratado, por ser un texto no "... adecuado para una revista femenina". Este hecho lo hizo reflexionar a Twain:  "No creo que la oración sea publicada en mi época. Nadie excepto los muertos tienen permiso para decir la verdad. En América, como en otros lugares, la libertad de expresión está confinada a los muertos". Finalmente esta Oraciòn fue publicada en 1923 en el libro "Europa y otros lugares", publicado por su ex editor Paine. La importancia de la obra de Twain volvió a tener vigencia en la década del 60 a causa de la Guerra de Vietnam.


                 
Entre sus obras podemos destacar: Las aventuras de Tom Sawyer (1876),   El príncipe y el mendigo (1882),    Vida en el Mississippi (1883),     Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) ,     Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889),   Viajes alrededor del mundo siguiendo el Ecuador (1897). Cartas desde la Tierra (publicación póstuma, 1962).


 Conozcamos algo sobre su pensamiento político y actuación pública.  Twain cambia su pensamiento político después de finalizada la guerra contra España; anteriormente había opinado sobre la guerra diciendo que  había sido "... la guerra más honorable antes luchada y defendió el espíritu intervencionista estadounidense en  Hawaii .  En 1900,  Twain fue el vicepresidente de la «American Anti-Imperialist League» (Liga Antiimperialista Norteamericana), que se opuso a la anexión de las Filipinas.  Escribió, entre otros textos,  su "Incidente en las Filipinas" como respuesta a la «Masacre del Cráter Moro», en la cual murieron seiscientos moros filipinos. Hacia 1992 se publicaron escritos suyos contra el imperialismo. Criticó a Cecil B. Rhodes, a Leopoldo II de Bélgica (en el monólogo teatral Soliloquio del rey Leopoldo); en "Siguiendo al Ecuador" ratificó su "condena al imperialismo".   También apoyó la Revolución Rusa. 

“ … [Yo solía ser] un encendido imperialista. Quería que el águila norteamericana fuera gritando sobre el Pacífico. ¿Por qué no desplegar sus alas sobre las Filipinas, me preguntaba?... Me decía a mi mismo, aquí hay un pueblo que ha sufrido durante tres siglos. Podemos hacer que sean tan libres como nosotros, darles un gobierno y un país propios, poner una miniatura de la Constitución de los Estados Unidos flotando en el Pacífico, comenzar una flamante nueva república que ocupara su lugar entre las naciones libres del mundo. Me parecía una gran tarea a la cual nos habíamos dedicado. Pero he pensado un poco más, desde entonces, y he leído con cuidado el Tratado de París [que puso fin a la Guerra Hispano-Estadounidense], y he visto que no tenemos la intención de liberar, sino de subyugar al pueblo de las Filipinas. Hemos ido allí a conquistar, no a liberar. Debería ser, creo yo, nuestro placer y deber el hacer a aquella gente libre, y dejar que traten sus cuestiones domésticas a su manera. Y por eso soy antiimperialista. Estoy en contra de que el águila ponga sus garras en cualquier otra tierra “  New York Herald del 15 de octubre de 1900


ORACIÒN  DE GUERRA  Trad. Pilar Hortelano   -    Fuente:  http://southerncrossreview.org/59/twain-oracion.htm

Fue una época de gran exaltación y emoción. El país se había levantado en armas, había empezado la guerra y en cada pecho ardía el fuego sagrado del patriotismo; se oía el redoble de los tambores y tocaban las bandas de música; tiraban cohetes y un montón de fuegos artificiales zumbaban y chisporroteaban. Allí abajo, a lo lejos, de las manos, tejados y balcones, ondeaba al sol una espesura de banderas brillantes. De día, por la ancha avenida, los jóvenes voluntarios desfilaban alegres y hermosos con sus uniformes; a su paso los orgullosos padres, madres, hermanas y enamoradas los vitoreaban con voces ahogadas por la emoción. De noche, en las concurridas reuniones se escuchaba con admiración la oratoria patriótica que agitaba lo más hondo de sus corazones, y que solía interrumpirse con una tempestad de aplausos, al tiempo que las lágrimas corrían por sus mejillas. En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes.De hecho, era una época próspera y alegre, y los pocos espíritus temerarios que se aventuraban a desaprobar la guerra y a albergar alguna duda sobre su rectitud, enseguida recibían un castigo tan duro y severo que, para su propia seguridad, inmediatamente retrocedían espantados y no volvían a ofender en ese sentido.
Llegó el domingo por la mañana. Al día siguiente los batallones partirían hacia el frente; la iglesia estaba a rebosar. Y allí estaban los voluntarios, con sus rostros iluminados por visiones y sueños milicianos. ¡El austero avance de tropas, el ímpetu incontenible, el ataque desenfrenado, los sables relucientes, la huida del enemigo, el tumulto, el humo envolvente, la búsqueda feroz y la rendición! ¡Y luego, de regreso al hogar, los héroes condecorados, bienvenidos, venerados, inmersos en un mar de oro de gloria! Al lado de los voluntarios se sentaban sus seres queridos, orgullosos, contentos y envidiados por los vecinos y amigos que no tenían hijos o hermanos a quienes enviar al campo de honor, para vencer por la bandera o, caso contrario, sucumbir a la más noble de las muertes nobles. El servicio religioso continuó. Se leyó un capítulo del Antiguo Testamento sobre la guerra y se rezó la primera plegaria, seguida de un estallido del órgano que sacudió el edificio. Y de un impulso la congregación se levantó con brillo en los ojos y latidos en el corazón: «¡Dios Todopoderoso! ¡Tú que ordenas, el trueno es tu trompeta y el rayo tu espada!».
Después vino la oración larga. Nadie recordaba algo semejante por lo apasionado de la súplica y lo conmovedor y bello de su lenguaje. En esencia, la oración pedía al Padre de todos nosotros, benigno y siempre misericordioso, que velara por nuestros nobles y jóvenes soldados y les proporcionara auxilio, consuelo y ánimo en el afán de su patriótica tarea; que los bendijera y protegiera con Su poderosa mano en la batalla; que los fortaleciera y les diera confianza para que fueran invencibles en el ataque sangriento; que les ayudara a aplastar al enemigo y les concediera, tanto a ellos como a su patria y su bandera, la gloria y el honor imperecederos.
Un anciano extraño entró y con paso lento y callado avanzó por el pasillo, con los ojos clavados en el clérigo. Tenía un cuerpo alto e iba vestido con una túnica que le llegaba a los pies, llevaba la cabeza descubierta, una vaporosa cascada de cabello cano le caía sobre los hombros y tenía la cara arrugada y exageradamente pálida, casi fantasmal. Llenos de asombro, todos le seguían con la mirada mientras se encaminaba al altar en silencio y sin pausa, hasta que se detuvo a la par del clérigo y se quedó allí esperando de pie.
El clérigo, con los ojos cerrados, no se había percatado de la presencia del extraño y prosiguió con su oración conmovedora hasta terminar con las siguientes palabras, pronunciadas con gran fervor: «¡Bendice nuestras almas, concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro, Dios, Padre y Protector de nuestra tierra y nuestra bandera!».
El extraño le tocó el brazo y le hizo señas para que se apartara -a lo que accedió el desconcertado clérigo- y ocupó su lugar. Durante unos momentos, con ojos solemnes que emanaban una luz extraordinaria, contempló detenidamente a la audiencia embelesada. Entonces con una voz profunda dijo: «Vengo del Trono. Soy portador de un mensaje de Dios Todopoderoso». Las palabras golpearon a la congregación como en un seísmo; si el extraño lo percibió no hizo ningún caso. «El ha escuchado la oración de Su siervo, vuestro pastor, y se concederán sus peticiones si ése es vuestro deseo después que yo, Su mensajero, os haya explicado su significado, es decir, todo su significado. Pues sucede lo que en la mayoría de las oraciones de los hombres; el que las pronuncia pide mucho más de lo que es consciente, salvo que se detenga y se ponga a meditar».
«Vuestro Siervo de Dios ha rezado su plegaria. ¿Ha reflexionado sobre lo que ha dicho? ¿Es acaso una sola oración? No; son dos -una pronunciada y la otra no-. Ambas han llegado a los oídos de Aquel que escucha todas las súplicas, tanto las anunciadas como las guardadas en silencio. Ponderad esto y guardadlo en la memoria. Si rezas una plegaria en tu beneficio ¡ten cuidado! no sea que sin querer invoques al mismo tiempo una maldición sobre el vecino. Si rezas una oración para que llueva sobre tu cosecha, mediante ese acto quizá estés implorando que caiga una maldición sobre la cosecha de alguno de tus vecinos que probablemente no necesite agua y resulte así dañada».
«Han escuchado la oración de vuestro siervo -la parte enunciada-.Yo he sido encargado por Dios para poner en palabras la otra parte, aquélla que el pastor -al igual que ustedes en sus corazones- rezaron en silencio. ¿Con ignorancia y sin reflexionar? ¡Dios asegura que así fue! Oísteis estas palabras: 'Concédenos la victoria, Oh Señor Nuestro Dios'. Eso es suficiente. La oración pronunciada está íntimamente ligada a esas palabras fecundas. No han sido necesarias las explicaciones. Cuando habéis rezado por la victoria, habéis rezado por las muchas consecuencias no mencionadas que resultan de la victoria -debe ser así y no se puede evitar-.El espíritu atento de Dios Padre acogió también la parte no pronunciada de la oración. Me encargó que la expresara con palabras. ¡Escuchad!».
«Oh Señor, nuestro Padre, nuestros jóvenes patriotas, ídolos de nuestros corazones, salen a batallar. ¡Mantente cerca de ellos! Con ellos partimos también nosotros -en espíritu- dejando atrás la dulce paz de nuestros hogares para aniquilar al enemigo. ¡Oh Señor nuestro Dios, ayúdanos a destrozar a sus soldados y convertirlos en despojos sangrientos con nuestros disparos; ayúdanos a cubrir sus campos resplandecientes con la palidez de sus patriotas muertos; ayúdanos a ahogar el trueno de sus cañones con los quejidos de sus heridos que se retuercen de dolor, ayúdanos a destruir sus humildes viviendas con un huracán de fuego; ayúdanos a acongojar los corazones de sus viudas inofensivas con aflicción inconsolable; ayúdanos a echarlas de sus casas con sus niñitos para que deambulen desvalidos por la devastación de su tierra desolada, vestidos con harapos, hambrientos y sedientos, a merced de las llamas del sol de verano y los vientos helados del invierno, quebrados en espíritu, agotados por las penurias, te imploramos que tengan por refugio la tumba que se les niega -por el bien de nosotros que te adoramos, Señor-, acaba con sus esperanzas, arruina sus vidas, prolonga su amargo peregrinaje, haz que su andar sea una carga, inunda su camino con sus lágrimas, tiñe la nieve blanca con la sangre de las heridas de sus pies! Se lo pedimos, animados por el amor, a Aquel quien es Fuente de Amor, sempiterno y seguro refugio y amigo de todos aquellos que padecen. A El, humildes y contritos, pedimos Su ayuda. Amén».
(Después de una pausa)    “Así es como lo habéis rezado. ¡Si todavía lo deseáis, hablad! El mensajero del Altísimo aguarda».



SOLILOQUIO DEL REY LEOPOLDO (1905)
Fuente.  http://www.guinguinbali.com      cliqueá aquí si querés saber algo más sobre lactualidad de África

En este monòlogo teatral, Leopoldo tiene un crucifijo colgado al cuello, mira periódicos y panfletos en donde se denuncia la situaciòn del Congo (Morel, W.M. Morrison, W. Sheppard, etc.). Muestro algunos fragmentos:

“¡Ah, si pudiera cogerlos por el cuello!” [Besa apresuradamente el crucifijo y murmura.] En estos veinte años he gastado millones para mantener callada a la prensa de dos hemisferios, y aun así sigue habiendo filtraciones. […]Villanos… ¡Lo están contando todo! Sí, todo: cómo peregriné entre lágrimas por las grandes potencias, con la boca llena de Biblia y rezumando piedad por los poros de la piel, implorando que me nombrarán su representante y me entregaran el vasto, rico y poblado Estado Libre del Congo para que acabase con el comercio de esclavos, detuviera las incursiones de los esclavistas y sacara de las tinieblas a esos veinticinco millones de bondadosos e inofensivos negros para conducirlos a la luz, […] Están contando que América y trece grandes Estados europeos compartieron mis lágrimas, y se convencieron de mis palabras; que sus representantes se reunieron en la Conferencia de Berlín y me nombraron Soberano y Superintendente del Estado del Congo, […]” 

“[…] ¡Esos entrometidos misioneros americanos! ¡Esos cónsules británicos tan sinceros! ¡Esos oficiales belgas chivatos y traidores! Esos cansinos loros no paran de hablar y de decir cosas. […] la vergüenza debería haberles hecho callar, pues con ello ponen en evidencia a un rey, una persona sagrada e inmune a todo reproche, en virtud de haber sido elegido y nombrado por Dios para ese gran oficio; un rey cuyos actos no pueden criticarse sin cometer blasfemia, puesto que Dios los ha presenciado desde siempre y nunca ha evidenciado ningún desagrado alguno por ellos, ni los ha desaprobado, estorbado o interrumpido en modo alguno.”

“ .. empieza a leer el Informe del reverendo americano W.M. Morrison, misionero americano en el Estado Libre del Congo: 

“[…] Con toda seguridad, nuestro Gobierno nunca habría reconocido esa bandera de saber que quien pedía el reconocimiento era sólo el rey Leopoldo, de saber que estaba instaurando una monarquía absoluta en el corazón de África, de saber que, tras acabar con la esclavitud africana en nuestro país con tan alto precio en sangre y dinero, estaba estableciendo en África una forma de esclavitud aún peor.”

[…] Los rifles eran demasiado poderosos, así que se sometieron e intentaron vivir lo mejor posible en esas nuevas circunstancias. Primero llegó la orden de construir casas para los soldados, y eso se hizo sin quejas. Luego hubo que alimentar a los soldados y a los hombres y a las mujeres –parásitos todos ellos- que los acompañaban. Después les dijeron que les llevaran caucho. Eso era nuevo para ellos. Había caucho en el bosque, a varios días de distancia de sus hogares, pero no sabían que pudiera tener algún valor. Se ofreció una pequeña recompensa y corrieron a por el caucho. “Qué raros son los blancos que nos dan telas y cuentas a cambio de la savia de un árbol silvestre.” Se regocijaron con lo que creyeron su buena fortuna, pero la recompensa fue reduciéndose hasta que al final les pedían caucho a cambio de nada. Intentaron oponerse, pero, para su sorpresa, los soldados dispararon contra algunos de ellos, y a los que quedaban en pie se les dijo, con muchos insultos y golpes, que fueran a por más caucho o matarían a más personas. […]”

Leopoldo continúa hablando:

“[…] Se estremecen pensando en cómo se ha reducido la población del Congo, de veinticinco a quince millones durante los veinte años de mi administración, y les dan arrebatos llamándome “el rey con diez millones de asesinatos en el alma.” “[…] Esa idea dispara su imaginación, y ven al Hambre llegando al Congo al cabo de esos veinte años y postrarse ante mí para decirme: “Enséñame, Señor, veo que sólo soy un aprendiz. […]”

Leopoldo II de Bélgica
“[…] Otro loco quiere construir un monumento para perpetuar mi nombre, usando como materia prima esos quince millones de cráneos y esqueletos, y está lleno de reivindicativo entusiasmo por tan extraño proyecto. Lo tiene todo calculado y dibujado a escala. Con los cráneos construiría una combinación de monumento y mausoleo que imitaría con precisión la Gran Pirámide de Keops, cuya base mide 233 metros de lado y cuya cumbre está a 148 metros de altura. ........  “[…]
 [Estudia algunas fotos de negros mutilados y las tira al suelo. Suspira.]”