2.6.15

Manifiesto Comunista

EL MANIFIESTO COMUNISTA
Resultado de imagen para MANIFIESTO COMUNISTA IMAGENES 1. Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo, contra este fantasma se han coaligado en santa jauría todos los poderes de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes. ¿Dónde hay hoy un partido de la oposición a quien sus adversarios en el gobierno no le lancen la infamante acusación de comunista? Y ¿dónde hay un partido de oposición que no fulmine con este reproche oprobioso tanto a los oponentes más avanzados como a sus adversarios de la reacción? De este hecho se desprenden dos consecuencias: Que el comunismo es ya reconocido como un poder por todos los poderes europeos. Que ya ha llegado el momento de que los comunistas expongan públicamente y ante el mundo entero sus concepciones, objetivos y tendencias y salgan al paso de las fábulas en torno al fantasma del comunismo con un manifiesto de su propio partido. Con este propósito se han reunido en Londres comunistas de las más diversas nacionalidades y han redactado este manifiesto que se publicará en las lenguas inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.

Resultado de imagen para MANIFIESTO COMUNISTA IMAGENESResultado de imagen para MANIFIESTO COMUNISTA IMAGENESBURGUESES Y PROLETARIOS 1. La historia de todas las sociedades humanas habidas hasta hoy ha sido la historia de la lucha de clases. Hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo de la gleba, maestro y oficial del gremio, en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron en perpetuo antagonismo, librando una lucha incesante, a veces encubierta y a veces franca, lucha que se saldó en cada caso con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o bien con el hundimiento conjunto de las clases enfrentadas. En épocas anteriores de la historia hallamos en casi todas partes una completa articulación orgánica de la sociedad en diversos estamentos, una variada gradación jerárquica de las posiciones ociales. En la antigua Roma hallamos a los patricios, los caballeros, los plebeyos y los esclavos. En la Edad Media a los señores feudales, a los vasallos, a los maestros y oficiales gremiales y a los siervos de la gleba, aparte de que casi todas estas clases tienen su propia jerarquía interna. La moderna sociedad burguesa, surgida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha suprimido los antagonismos de clase. Lo único que ha hecho es establecer nuevas clases, nuevas condiciones de opresión y nuevas formas de lucha en substitución de las anteriores. Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza, sin embargo, por el hecho de haber simplificado estos antagonismos de clase. Paso a paso, el conjunto de la sociedad se va escindiendo en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: la burguesía y el proletariado. De los siervos de la gleba medievales fueron surgiendo los pecheros de las primeras villas. A partir de éstos, fueron desarrollándose los primeros elementos de la burguesía . El descubrimiento de América y la circunnavegación de África abrieron nuevos caminos a la burguesía en ascenso. El mercado de las Indias Orientales y de la China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el aumento de los medios de cambio y de las mercancías en general dieron al comercio, a la navegación y a la industria un auge nunca visto y, con ello, un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición. La hasta entonces imperante explotación feudal o gremial de la industria no podía ya satisfacer las necesidades que crecían con los nuevos mercados y hubo de ceder el puesto a la manufactura. Los maestros gremiales fueron desplazados por la clase media industrial. La división del trabajo entre las diferentes comporaciones desapareció dando paso a la división del trabajo dentro mismo de cada taller. Pero los mercados continuaron expandiéndose y las necesidades creciendo. La misma manufactura resultó ya insuficiente, El vapor y la maquinaria vinieron entonces a revolucionar la producción industrial y la manufactura tuvo que ceder el puesto a la gran industria moderna. El lugar de la clase media industrial lo ocuparon los millonarios de la industria, jefes de auténticos ejércitos fabriles, los burgueses modernos. La gran industria ha creado el mercado mundial previamente preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha permitido un ingente desarrollo del comercio, la navegación y las comunicaciones por tierra. Este desarrollo ha repercutido, a su vez, en la ampliación de la industria. Y en la misma medida en que se ampliaban la industria y el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrollaba también la burguesía, aumentando sus capitales y desplazando a un segundo plano a todas las clases originarias de la Edad Media. Vemos, pues, cómo también la burguesía moderna es el producto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de transformaciones radicales de los modos de producción e intercambio. Cada una de estas fases de desarrollo de la burguesía iba de la mano del correspondiente progreso político. Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales, asociada después en comunas armadas y con administración autónoma, república ciudadana independiente en unos sitios, tercer estado tributario de la monarquía en otros, fue más tarde, en la época de la manufactura, contrapeso frente a la nobleza en el seno de la monarquía estamentaria o absoluta; en todo caso, fundamento social de las grandes monarquías hasta que, finalmente, consiguió con su lucha establecer su dominación política exclusiva en el moderno estado representativo sobre las dos premisas de la gran industria y del mercado mundial. El poder estatal moderno equivale al Consejo de Administración de los intereses generales del conjunto de la burguesía. La burguesía ha desempeñado en la historia un papel eminentemente revolucionario. Donde quiera que haya llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Desgarró inexorablemente los abigarrados vínculos feudales que ataban al hombre a sus superiores naturales sin dejar entre los hombres otro vinculo que el del desnudo interés, el del implacable «pago en dinero contante». Ahogó en el agua helada de su cálculo egoísta los piadosos estremecimientos de la exaltación religiosa, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del burgués filisteo. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio y en el lugar de todas las innumerables libertades, bien adquiridas y escrituradas, ha establecido como única libertad la del libre comercio sin escrúpulo. En una palabra, la burguesía ha substituido la explotación envuelta en ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y adusta. La burguesía despojó de su halo de santidad a todas las actividades contempladas hasta entonces con piadoso temor como venerables, convirtiendo en sus sirvientes a sueldo al medico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia. La burguesía arrancó el velo patético-sentimental que encubría las relaciones familiares reduciéndolas a una mera relación de dinero. La burguesía puso al descubierto que los alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media, hallaban su adecuado complemento en la más indolente haraganería. Ella ha sido la primera en demostrar lo que la actividad humana es capaz de realizar, consumando obras prodigiosas totalmente distintas a las de las pirámides de Egipto, los acueductos romanos o las catedrales Góticas y llevando a cabo expediciones muy distintas a la Invasión de los Bárbaros o las Cruzadas. La burguesía no puede existir si no es revolucionando de continuo los instrumentos de producción, las relaciones de producción y, consiguientemente, la totalidad de relaciones sociales. Las clases productivas anteriores tenían, por el contrario, como primera condición de su existencia el mantenimiento, sin variaciones, del viejo sistema de producción. La incesante transformación a fondo de la producción, la ininterrumpida conmoción de todo el sistema social, la inseguridad y el movimiento perpetuos son precisamente los rasgos característicos de la época de la burguesía respecto a las demás. Todas las relaciones rígidas y enmohecidas, con su acompañamiento de ideas y concepciones de venerable tradición, quedaron disueltas y las recién constituidas envejecen antes de adquirir consistencia. Todo cuanto era estamental y estable se esfuma; todo lo santo es profanado y los hombres se ven finalmente forzados a contemplar con prosaica frialdad su posición en la vida y sus relaciones interpersonales. La necesidad de colocar sus productos en mercados cada vez más amplios empuja a la burguesía a los más apartados rincones del planeta. En todas partes tiene que afincarse; echar raíces y establecer relaciones. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha imprimido un carácter cosmopolita a la producción y al consume de todos los países. Muy a pesar de los reaccionarios, ha privado a la industria de su base nacional. Antiquísimas industrias nacionales han sido ya arrasadas y otras lo son diariamente al verse desplazadas por otras nuevas cuya instalación resulta vital para todas las naciones civilizadas. Industrias éstas que no elaboran materias primas del país, sino originarias de las más lejanas zonas planetarias y cuyos productos no se consumen tan sólo en el propio país, sino en todos los continentes al mismo tiempo. En lugar de las viejas necesidades para cuya satisfacción bastaban los productos del país, surgen otras nuevas que exigen para su satisfacción los productos de los países y climas más exóticos. La vieja autarquía local y nacional y el aislamiento económico dejan paso a un comercio universal y a una universal interdependencia de las naciones. Y cuanto acontece en el plano de la producción material, resulta también aplicable a la cultural. Los productos culturales de las diferentes naciones se convierten en bien común. La estrechez y cortedad de miras nacionales se van haciendo imposibles con el tiempo y, a partir de las diferentes literaturas nacionales y locales, se va configurando una literatura universal. Con el rápido perfeccionamiento de todo el utillaje productivo y la ilimitada mejora de las comunicaciones, la burguesía arrastra a la civilización a todas las naciones, incluidas las más bárbaras. La baratura de sus mercancías constituye la artillería pesada con la que arrasa todas las murallas chinas e impone la capitulación a los bárbaros de más obstinada xenofobia. Fuerza a todas las naciones a hacer suyo el sistema de producción burgués, salvo que prefieran su propia ruina. Las obliga a adoptar para sí mismas la llamada civilización, es decir, a convertirse en burguesas. En una palabra, la burguesía se crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. La burguesía ha sometido al campo a la dominación de la ciudad. Ha creado ciudades enormes aumentando la población urbana en una proporción muy elevada respecto a la rural y con ello ha arrancado a una parte considerable de la población al idiotismo de la vida del campo. Del mismo modo que ha hecho al campo dependiente de la ciudad, también ha hecho a las naciones bárbaras o semibárbaras dependientes de las civilizadas, a los pueblos de agricultores dependientes de los pueblos de predominio urbano y al Oriente dependiente del Occidente. La burguesía supera progresivamente la dispersión de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de todo ello fue la centralización política. Regiones independientes, apenas aliadas entre sí, con intereses diversos y leyes, gobiernos y aduanas distintos, fueron integrados en una única nación, en un único gobierno, bajo una única ley y con una única frontera aduanera. En su dominación de apenas un siglo de duración, la burguesía ha creado fuerzas de dimensiones más colosales que las creadas por todas las generaciones anteriores conjuntamente. ¿Qué siglo del pasado podía ni siquiera soñar que en el seno del trabajo social dormitasen energías productivas tales como para sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza, producir la maquinaria, poner la química al servicio de la industria y los cultivos, crear la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico, roturar continentes enteros, hacer navegables los ríos y hacer que ciudades enteras brotasen del suelo como por encanto? Hemos visto, pues, que los medios de producción y transporte que sirvieron de base para la constitución de la burguesía se generaron en la sociedad feudal. Alcanzada una cierta fase de desarrollo de estos medios de producción y transporte, las relaciones según las cuales producía e intercambiaba la sociedad feudal, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, dejó de corresponder ya al grado de desarrollo de las fuerzas productivas. En lugar de propiciarla, frenaban la producción. Se convirtieron así en otras tantas trabas para la misma. Había que hacerlas saltar y saltaron. Vino en su lugar la libre concurrencia con la constitución social y política a ella adecuada, es decir, con la dominación económica y política de la burguesía. Ante nuestros ojos se desarrolla ahora un proceso similar. Las relaciones burguesas de producción e intercambio, el régimen burgués de propiedad, la moderna sociedad burguesa que ha sido capaz de crear como por encanto tan colosales medios de producción y transporte, se asemeja al encantador incapaz de dominar los poderes infernales por él conjurados. Ya desde hace decenios, la historia de la industria y del comercio no es sino la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra las modernas relaciones de producción, contra el régimen de propiedad, condición de vida de la burguesía y de su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales cuya periódica repetición cuestiona con peligros cada vez más amenazadores la existencia misma de toda la sociedad-burguesa. Las crisis económicas se saldan con la destrucción de una buena parte no ya de los productos elaborados, sino de las mismas fuerzas productivas ya creadas. En las crisis se desata una epidemia social que, a los ojos de las épocas anteriores, habría aparecido como un contrasentido, la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve súbitamente retrotraída a una situación de barbarie momentánea. Podría pensarse que una plaga de hambre o una guerra de destrucción total la hubiese privado de todos sus recursos alimenticios. La industria y el comercio parecen arrasados. Y todo ello ¿por qué? Porque la sociedad posee un exceso de civilización, de víveres, de comercio. Las fuerzas productivas con que cuenta no parecen servir ya para propiciar el régimen social de propiedad burgués. Son ya, por el contrario, excesivamente poderosas respecto a ese régimen y frenadas por él. Apenas superan ese freno, siembran el desorden en el conjunto de la sociedad burguesa y ponen en peligro la existencia de la propiedad privada. El marco de relaciones burguesas se ha hecho demasiado estrecho para abarcar la riqueza que en él se genera. ¿Por qué medio supera las crisis la burguesía? Por una parte, mediante la destrucción forzosa de una masa de fuerzas productivas. Por otra, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más a fondo de los existentes. Bien mirados, estos medios equivalen a la preparación de crisis más amplias y violentas y a la reducción de los medios para prevenirlas. Las armas con que la burguesía abatió al feudalismo se vuelven ahora contra ella misma. Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le acarrearán la muerte, sino también a los hombres que han de manejarlas, los obreros modernos, los proletarios. En la misma medida en que se desarrollaba la burguesía, es decir, el capital, se desarrollaba asimismo el proletariado, la clase de los obreros modernos, que tan sólo puede vivir a condición de hallar trabajo y tan sólo pueden hallar trabajo a condición de que éste acreciente el capital. Estos obreros, obligados a venderse uno a uno como piezas, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio y, como tal, expuestos a los altibajos de la competencia, a las oscilaciones del mercado. La expansión de la maquinaria y la división del trabajo han hecho que la faena de los proletarios pierda toda autonomía y cualquier clase de estímulo. Se convierten en meros apéndices de la máquina y tan sólo se exige de ellos las manipulaciones más simples monótonas y fáciles de aprender. Los costos que el proletario origina se reducen a poco más del monto de los víveres necesarios para su subsistencia y la reproducción de su especie. El precio de una mercancía, por tanto, también el del trabajo mismo, es igual a los costos de su producción. En la misma medida en que aumenta el carácter odioso del trabajo, disminuye, consecuentemente, el salario. Más aún: en la misma medida en que van aumentando las máquinas y progresando la división del trabajo, aumenta también la masa de trabajo o bien mediante el aumento del número de horas de trabajo o bien mediante el aumento del trabajo exigido en cada unidad de tiempo determinado por el funcionamiento más rápido de las máquinas, etc. La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Las masas obreras aglomeradas en la fábrica son organizadas a manera de un ejército. En cuanto que simples soldados rasos de la industria, los obreros se ven sometidos al mando de toda una jerarquía de suboficiales y oficiales. No tan sólo son los siervos de la clase burguesa, del estado burgués, sino que diariamente y hora tras hora se ven sujetos a la servidumbre respecto a la máquina, al capataz y, sobre todo, respecto al correspondiente burgués. Este despotismo resulta tanto más mezquino, odioso y exacerbado cuanto mayor es la franqueza con que proclama que su único interés es el lucro. A medida que el trabajo manual exige una habilidad y una fuerza cada vez menores, es decir, a medida que se va desarrollando la industria moderna, el trabajo de los hombres se va viendo desplazado por el de las mujeres y los niños. Las diferencias de edad y sexo carecen ya de cualquier reconocimiento en lo que respecta a la clase obrera. Se trata de meros instrumentos de trabajo que originan diversos costos según su edad y sexo. apenas acababa la explotación del obrero por el capitalista, de modo que aquél pueda percibir su salario en mano, los otros representantes de la burguesía caen inmediatamente sobre él en forma de propietario de la vivienda, de tendero, de prestamista, etc. Las capas sociales medias hasta ahora existentes, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y los campesinos, descienden socialmente hasta integrarse en el proletariado. Ello sucede en parte por el hecho de que su pequeño capital resulta insuficiente para la
explotación de la gran industria y cae, así, víctima de la competencia con los capitalistas más poderosos; en parte, porque su habilidad productiva queda desvalorizada por los modernos procesos de producción. De esta forma, el proletariado se recluta a partir de todas las clases de la población. El proletariado recorre varias etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía se inicia con su propia existencia. Al principio lucha el obrero aislado. Después, los obreros de una fábrica. Seguidamente, los obreros de todo un ramo productivo local contra el burgués individual que los explota directamente. Lanzan sus ataques no sólo contra las condiciones burguesas de producción, sino contra los mismos instrumentos de trabajo. Destruyendo las mercancías de la competencia, destrozando las máquinas e incendiando las fábricas, tratan de recuperar la situación, definitivamente desaparecida, del obrero medieval. Durante esta fase de desarrollo, los obreros constituyen una masa extendida ya por todo el país y desunida por la competencia. La cohesión de las masas obreras no resulta todavía de su propia unión, sino que es consecuencia de la unión de la burguesía, la cual, para conquistar sus propios objetivos políticos, se ve obligada a movilizar el conjunto del proletariado, cosa que consigue de momento. En esta fase pues, los proletarios no compiten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, los restos de la monarquía absoluta, los latifundistas, la burguesía no industrial, la pequeña burguesía. De esta forma, toda la iniciativa histórica se concentra en manos de la burguesía; toda victoria así obtenida es una victoria para la burguesía. Con el desarrollo de la industria, sin embargo, no solamente aumenta el número de proletarios, sino que se aglomeran en masas mayores, creciendo su fuerza y la conciencia de la misma. Los intereses y las condiciones de vida se igualan paulatinamente en el seno de la clase proletaria a medida que la maquinaria va borrando las diferencias entre un trabajo y otro y rebajando el salario al mismo nivel en casi todas partes. La creciente competencia de los burgueses entre si y las crisis comerciales que de ello resultan someten el salario del obrero a fluctuaciones cada vez mayores. La incontenible y progresiva mejora de la maquinaria hace cada vez más inseguras sus condiciones de vida, de modo que los enfrentamientos entre cada obrero y cada capitalista por separado van adoptando cada vez más el carácter de colisión entre dos clases. Los obreros comienzan a formar coaliciones contra los capitalistas agrupándose en defensa del salario de su trabajo llegan incluso a crear asociaciones de carácter permanente al objeto de acumular reservas en prevención de futuras rebeliones. En algunos sitios, la lucha desemboca en auténticos motines. De vez en cuando, los obreros consiguen la victoria, pero tan sólo transitoriamente. El resultado más genuino de su lucha no estriba en el éxito inmediato sino en la ampliación, siempre creciente, de la unión entre los obreros. Esa unión se ve propiciada por los crecientes medios de comunicación producidos por la gran industria, que permiten establecer contacto entre los obreros de las diversas poblaciones. Basta precisamente este contacto para que las diversas luchas locales, que en todas partes poseen la misma naturaleza, se puedan centralizar en una lucha nacional, de clase. Toda lucha de clase es, sin embargo, una lucha política. Gracias al ferrocarril, los modernos proletarios están en situación de conseguir su unión en unos cuantos anos, mientras que los burgueses de la Edad Media, con sus caminos vecinales, requerían siglos para llegar a ella. La organización de los proletarios como clase y, por tanto, como partido político, salta a cada momento en pedazos a causa de la competencia existente entre los obreros mismos. Pero resurge una y otra vez con más fuerza, más firme y poderosa, obligando al reconocimiento en forma de ley de algunos de sus intereses aprovechando las escisiones en el seno de la burguesía. Un ejemplo de ello es la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra. Las colisiones que se dan en la vieja sociedad favorecen por distintos caminos el desarrollo del proletariado. La burguesía se halla empeñada en una lucha constante: al principio, contra la aristocracia; más tarde, contra otros sectores de la misma burguesía cuyos intereses están en contradicción con el progreso de la industria. Lucha de modo permanente contra la burguesía de los demás países. En todas estas luchas se ve obligada a recurrir al proletariado, exigiendo su ayuda y comprometiéndolo consecuentemente en el movimiento político. De este modo, proporciona al proletariado los elementos de su propia cultura y, con ello, las armas que se volverán contra ella. Además, como ya hemos visto, el progreso de la industria arroja al seno del proletariado a sectores enteros de la clase dominante o, cuando menos, pone en peligro sus condiciones de vida. También estos sectores aportan al proletariado todo un acervo de elementos culturales. Finalmente, en aquellos periodos en que la lucha de clases se aproxima al momento decisivo, el proceso de descomposición de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, se hace tan acusado y tan estridente que una pequeña parte de esta misma clase dominante se escinde de ella y se incorpora a la clase revolucionaria, en cuyas manos está el porvenir. Así como en el pasado una parte de la nobleza se pasó al campo de la burguesía, también en la actualidad, una parte de la burguesía se pasa al proletariado y, de modo especial, una parte de los ideólogos burgueses que han sido capaces de elevar su esfuerzo intelectual hasta la comprensión teórica de la totalidad del movimiento de la historia. De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, tan sólo el proletariado constituye una clase auténticamente revolucionaria. Las otras clases se atrofian y desaparecen con la gran industria mientras que el proletariado es precisamente el producto más genuino de la misma. Las capas medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante y el campesino combaten, todos ellos, a la burguesía para asegurar su existencia como tales capas medias y salvarse de su hundimiento. No son, pues, revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias en cuanto que tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Y cuando son revolucionarias, lo son con vistas a su inminente transición hacia el proletariado, de modo que no defienden sus intereses actuales sino los de su futuro. De esta manera, abandonan sus propios puntos de vista y adoptan los del proletariado. El proletariado «lumpen» producto de la putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado al movimiento acá y allá, si bien -en consonancia con el conjunto de condiciones de su vida-, estará predispuesto a dejarse comprar en apoyó de maquinaciones reaccionarias . Las condiciones de vida del proletariado equivalen ya hoy a la destrucción de las condiciones de vida de la vieja sociedad. El proletariado carece de propiedad. Su relación respecto a la mujer y los niños nada tiene ya en común con la situación familiar burguesa. El trabajo en la moderna servidumbre bajo el capital, que viene a ser la misma tanto en Inglaterra como en Francia, en América como en Alemania, le ha privado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral y la religión significan para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan los correspondientes intereses de la burguesía. Todas las clases anteriores que conquistaron el poder trataron de asegurar la posición social así adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones que les permitieran a ellas la obtención de su ganancia. Los proletarios sólo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales a cambio de abolir su propio modo de apropiación anterior y, con ello, cualquier modo de apropiación existente hasta hoy. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar; sino que destruirán, antes bien, todo género de garantías y seguridades privadas precedentes. Todos los movimientos anteriores han sido movimientos de minorías en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la actual sociedad, no puede levantarse ni sacudir su yugo sin hacer saltar en pedazos toda la superestructura de las capas que componen la sociedad oficial. La lucha del proletariado contra la burguesía es, por de pronto, una lucha nacional, aunque lo sea por su forma y no por su contenido. El proletariado de cada país tiene que ajustarle las cuentas, lógicamente, a su propia burguesía. Al describir con trazos muy generales las fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las huellas de la guerra civil más o menos encubierta que se da en la sociedad vigente hasta el momento mismo en que desemboca en revolución abierta y el proletariado fundamenta su poder mediante el derrocamiento violento de la burguesía. Todos los tipos de sociedad anteriores se basaban, como hemos visto, en el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase es preciso asegurarle las condiciones mínimas que le permitan arrastrar su vida de servidumbre. El siervo de la gleba fue capaz, merced al trabajo de su servidumbre, de elevarse a miembro de la comuna y el pequeño burgués, por su parte, se elevó a burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, en vez de elevarse socialmente a medida que progresa la industria, se hunde más y más por debajo de la condición de su propia clase. El obrero se depaupera y el pauperismo se extiende con mas rapidez aún que la población y la riqueza. Se hace así patente que la burguesía es incapaz de permanecer por más tiempo como clase dominante de la sociedad y seguir imponiendo como tal clase sus condiciones de vida como ley reguladora para toda la sociedad. Es incapaz de dominar puesto que es incapaz de asegurar a sus esclavos la existencia, aunque sea dentro de su esclavitud, y los arrastra a una situación de tal indigencia que le resulta forzoso alimentarlos en vez de hacerse alimentar por ellos. La sociedad no puede vivir ya bajo su dominio o, lo que es igual, su existencia como clase se ha hecho incompatible con la de la sociedad. La condición esencial para la existencia y la dominación de la burguesía es la acumulación de riqueza en manos privadas, la formación y ampliación de capital. La condición básica del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado se basa exclusivamente en la concurrencia de los obreros entre si. El progreso de la industria cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, substituye el aislamiento de los obreros, resultado de la concurrencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Con el desarrollo de la industria, pues, la burguesía ve desaparecer bajo sus pies la base misma que le permite producir y apropiarse la producción. Antes que nada, produce sus propios sepultureros. Su hundimiento y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables.
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 PROLETARIOS Y COMUNISTAS 1. ¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general? Los comunistas no son un partido especial frente a los otros partidos obreros. No tienen intereses propios, separados de los intereses del conjunto del proletariado. No establecen principios especiales a los que pretendan amoldar el movimiento proletario. Los comunistas se diferencian de los restantes partidos proletarios por el hecho de que, por una parte, en las diversas luchas nacionales de los proletarios, resaltan y hacen valer de modo especial los intereses comunes a todo el proletariado, independientes de su nacionalidad y, por la otra, porque en cada una de las fases de desarrollo que recorre la lucha entre proletariado y burguesía, defienden siempre los intereses del movimiento en su conjunto. Los comunistas son, pues, prácticamente entre todos los partidos obreros del mundo el sector que con mayor denuedo y mayor dinamismo empuja hacia adelante el movimiento. Aventajan a la restante masa del proletariado por su comprensión teórica de las condiciones, del derrotero y los resultados generales del movimiento proletario. El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de los restantes partidos proletarios: constitución del proletariado como clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por parte del proletariado. Los postulados teóricos de los comunistas no se basan, en modo alguno, en principios descubiertos o ideados por cualquier redentor visionario. Son formulaciones generales de situaciones reales que se dan en una lucha de clases real, en el movimiento histórico que se desarrolla a la vista de todos. La supresión del régimen de propiedad preexistente no es la característica específica del comunismo. Todos los sistemas de propiedad históricos estuvieron sujetos a continuos cambios, a la continua modificación de la historia. La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en favor de la propiedad burguesa. Lo que caracteriza específicamente al comunismo no es la supresión de la propiedad en general, sino la supresión de la propiedad burguesa. Sólo que la moderna propiedad privada burguesa es la expresión última y más acabada de la producción y apropiación de productos basadas en los antagonismos de clase, en la explotación de unos hombres por otros. En este sentido, los comunistas si que podrían resumir sus teorías en esta sola fórmula: supresión de la propiedad privada. Se nos ha reprochado a los comunistas que pretendemos suprimir la propiedad personal adquirida mediante el trabajo propio; la propiedad que constituye el fundamento de toda libertad, la actividad y la autonomía personales. ¡La propiedad bien adquirida como fruto del trabajo y del esfuerzo propios! ¿Os referís a la propiedad del pequeño burgués, del pequeño campesino que precedieron a la propiedad burguesa? No necesitamos suprimirla. El desarrollo de la industria la ha suprimido y la sigue suprimiendo día tras día. ¿O bien os referís a la propiedad burguesa moderna? ¿Acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, le procura propiedad? En modo alguno. Lo que hace es crear capital, es decir, la propiedad que explota el trabajo asalariado y que sólo puede acrecentarse a condición de generar nuevo trabajo asalariado al que explotar de nuevo. La propiedad en su actual configuración se mueve en la antítesis entre capital y trabajo asalariado. Vamos a examinar los dos términos de esta antítesis. Ser capitalista significa ocupar una posición no meramente personal sino social en la producción. El capital es un producto social y únicamente puede ponerse en movimiento mediante la actividad común de muchos o, en última instancia, de todos los miembros de la sociedad. El capital no es, pues, un poder personal, sino social. Así pues, el que el capital pase en su día a ser propiedad colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no significa que la propiedad personal se transforme en colectiva: sólo queda transformado el carácter social de la propiedad al perder el carácter de clase. Centrémonos ahora en el trabajo asalariado. El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario; es decir, la suma de los bienes de subsistencia que resultan necesarios para mantener en vida al obrero como tal obrero. Lo que el obrero asalariado se apropia mediante su actividad es el mínimo imprescindible para mantener escuetamente su vida. En modo alguno queremos suprimir esta apropiación personal de productos, necesaria para la continua reproducción de la vida, una apropiación que no deja ningún rédito neto que pudiera dar poder sobre el trabajo ajeno. Lo que queremos es destruir el carácter miserable de esta apropiación en que el obrero vive únicamente para acrecentar el capital y ello mientras los intereses de la clase dominante así lo exijan. En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre es meramente un medio para acrecentar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado es tan sólo un medio para ensanchar, enriquecer y fomentar el régimen de vida de los obreros. En la sociedad burguesa, el pasado domina sobre el presente. En la comunista, el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa, el capital goza de autonomía la personalidad mientras que el individuo active vive en coerción y la impersonalidad. ¡Y la supresión de esta situación es calificada por la burguesía de supresión de la personalidad y la libertad! Y con toda razón. Se trata, eso sí, de la supresión de la personalidad, la autonomía y la libertad burguesas. Por libertad se entiende, en el marco de las relaciones de producción burguesas, el libre comercio, la libertad de comprar y vender. Pero, desaparecido el tráfico logrero, desaparece asimismo la libertad de traficar. La fraseología acerca de la libertad de tráfico, así como las restantes loas retóricas de nuestra burguesía, tan sólo tienen sentido respecto al tráfico sujeto a trabas y al burgués sojuzgado, propios de la Edad Media, pero no respecto a la supresión comunista de este tráfico logrero, de las relaciones de producción burguesas y de la burguesía misma. Os aterráis de que queramos suprimir la propiedad privada como si no fuese una realidad que en la sociedad actual, la vuestra, se ha suprimido la propiedad privada para el noventa por ciento de sus miembros. La propiedad que existe se basa precisamente en su no existencia para ese noventa por ciento. Lo que nos reprocháis, pues, es querer suprimir una propiedad que tiene como condición necesaria la carencia de propiedad de la aplastante mayoría de la sociedad. Nos reprocháis, en una palabra, el querer suprimir vuestra propiedad. Ciertamente, es eso lo que pretendemos. Desde el momento en que el trabajo no pueda ya convertirse en capital, dinero y renta del suelo, resumiendo, en poder social monopolizable o, para decirlo de otro modo, desde el momento en que la propiedad personal no puede transformarse en propiedad burguesa, vosotros proclamáis que con ello queda abolida la persona como tal. De este modo, reconocéis que vosotros únicamente entendéis por persona al burgués, al propietario de la burguesía. Y es cierto que esta persona como tal debe ser abolida. El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales. El único poder que suprime es el de hacer de esta apropiación el yugo que permita sojuzgar el trabajo ajeno Se ha objetado que con la supresión de la propiedad privada se paralizaría toda actividad y reinaría la indolencia general. Según esto, la sociedad burguesa se habría hundido ya víctima de la haraganería, pues los que en ella trabajan nada adquieren y los que en ella adquieren no trabajan, Esta objeción se reduce íntegramente a la tautología de que, una vez desaparecido el capital, desaparece, por consiguiente, el trabajo asalariado. Todas las objeciones lanzadas contra la forma comunista de apropiación y producción de bienes materiales se han hecho extensivas a la apropiación y producción de bienes culturales. Del mismo modo que el burgués piensa que el cese de la propiedad clasista equivale al cese de la misma producción, piensa asimismo que la supresión de la educación clasista equivale prácticamente a la supresión de la educación sin más. La educación, cuya pérdida lamenta el burgués, no es otra cosa, para la aplastante mayoría de la población, que el adiestramiento para el manejo de la máquina. Pero ¿por qué discutís con nosotros acerca de la supresión de la propiedad burguesa aplicando criterios basados en vuestras ideas burguesas acerca de la libertad, la educación, el derecho, etc.? Vuestras mismas ideas son producto de las relaciones burguesas de producción y propiedad del mismo modo que vuestro derecho no es otra cosa que la voluntad de vuestra clase elevada a ley, una voluntad cuyo contenido se deduce de las condiciones materiales de vida de vuestra clase. Esa idea interesada que os hace convertir vuestro régimen social de producción y propiedad -régimen transitorio en cuanto que resultado de la historia- en una ley eterna de la naturaleza y la razón, la tenéis en común con todas las clases dominantes ya periclitadas. Lo que os parece comprensible respecto a la propiedad en la Antigüedad y os parece asimismo comprensible respecto a la propiedad feudal, no sois capaces de comprenderlo en el caso de la propiedad burguesa. ¡Supresión de la familia! Hasta los más radicales se exaltan escandalizados ante este propósito execrable de los comunistas. Pero ¿en qué se basa la familia actual, la burguesa? Se basa en el capital, en el lucro privado. Sólo para la burguesía se da una familia en sentido pleno, cuya contrapartida está en la forzosa carencia de familia de los proletarios y en la prostitución pública. Este tipo de familia burguesa desaparecerá, naturalmente, con la desaparición de su contrapartida y ambas desaparecerán con la desaparición del capital. ¿Nos reprocháis el querer suprimir la explotación: de los niños por parte de sus padres? Sí, nos declaramos reos de ese crimen. Pero afirmáis que al substituir la educación doméstica por la social eliminamos la más pura intimidad familiar. Pero ¿acaso vuestra educación no está determinada por la sociedad, por las relaciones sociales que sirven de marco a la educación, por ingerencia más o menos directa de la sociedad a través de la escuela? Los comunistas no han inventado la influencia de la sociedad en la escuela. Lo único que pretenden es modificar su carácter sustrayéndola al influjo de la clase dominante. La retórica burguesa acerca de la familia y la educación, acerca de la intimidad familiar entre padres e hijos, resulta tanto más repugnante cuanto que con la extensión de la gran industria se van desgarrando todos los lazos de las familias proletarias y los niños se van transformando en meros artículos de comercio e instrumentos de trabajo. ¡Pero vosotros los comunistas, nos grita a coro toda la burguesía, queréis implantar la comunidad de mujeres! El burgués ve en su mujer un simple instrumento de producción y como ha oído que los instrumentos de trabajo beben ser explotados en común, no puede menos de pensar que también a las mujeres les aguarda el destino de la colectivización. No puede ni imaginarse que de lo que se trata precisamente es de suprimir la situación de la mujer como mero instrumento de producción. Por lo demás, ¿hay algo más ridículo que ese espanto de nuestros burgueses, con estridencias de alta moral, ante la pretendida colectivización oficial de las mujeres por parte de los comunistas? Los comunistas no necesitan implantar la comunidad de mujeres ya que ésta se ha dado casi siempre. Nuestros burgueses no se contentan con el hecho de tener a su disposición las mujeres e hijas de sus proletarios -dejando aparte la prostitución oficial- sino que hallan el mayor de los placeres en la recíproca seducción de sus propias mujeres. En realidad, el matrimonio burgués equivale ya a la comunidad de las esposas. A 1o sumo, se podría reprochar a los comunistas el querer implantar una comunidad de mujeres oficial y sin tapujos en lugar de la que ahora se da con velada hipocresía. Ni que decir tiene, por lo demás, que con la supresión de las relaciones de producción ahora vigentes, ha de desaparecer también la comunidad de mujeres que de ella deriva, es decir, tanto la prostitución oficial como la inoficial. También se ha reprochado a los comunistas el querer suprimir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No es posible quitarles lo que no tienen. En cuanto que el proletariado tiene por objetivo inmediato la conquista del poder político para constituirse en clase nacional, en nación, el proletariado es nacional, aunque en un sentido muy diferente al de la burguesía. Ya el desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial y la uniformización de la producción industrial y de las correspondientes formas de vida, va haciendo que se esfumen paulatinamente los aislamientos y antagonismos nacionales. El dominio del proletariado acelerará esa extinción. Su acción conjunta, por lo menos la del proletariado de las naciones más civilizadas, es una de las primeras condiciones de su liberación. A medida que se vaya eliminando la explotación de unos individuos por otros, se irá eliminando paralelamente la explotación de unas naciones por otras. Desaparecido el antagonismo de clases en el interior de una nación, desaparecerá la actitud hostil de unas naciones para con otras. Las acusaciones lanzadas contra el comunismo desde el plano religioso, filosófico, o ideológico en general, no merecen mayores comentarios. No hace falta una agudeza especial para comprender que, al cambiar las condiciones de vida de los hombres, sus relaciones sociales y su existencia social, se modificarán y asimismo sus ideas, sus concepciones, en una palabra, su misma conciencia. ¿Qué otra cosa demuestra la historia de las ideas sino que las producciones del espíritu se transforman con la producción material? Las ideas dominantes en cada época fueron las ideas de la clase dominante. Cuando se habla de ideas capaces de revolucionar toda una sociedad, se está expresando únicamente el hecho de que, en el seno de la vieja sociedad, se han constituido los elementos de la nueva y que la extinción de las nuevas ideas va de la mano de la descomposición de las viejas condiciones de vida. Cuando el mundo estaba al borde de su desaparición, las religiones de la Antigüedad fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVIII, las concepciones cristianas cayeron abatidas por las ideas de la Ilustración, la sociedad feudal estaba librando una lucha a vida o muerte con la entonces revolucionaria burguesía. Las ideas de libertad de pensamiento y confesión eran la expresión de la libre concurrencia en el campo del saber. Se nos dirá, sin embargo, que las ideas religiosas, morales, filosóficas y jurídicas se modificaron, ciertamente, en el curso del desarrollo histórico pero la religión, la moral, la filosofía, la política y el derecho siempre prevalecieron en este cambio. Se añadirá, incluso, que hay verdades eternas tales como la de libertad y justicia y otras muchas, comunes a todos los sistemas sociales y que, a pesar de ello el comunismo suprime esas verdades eternas, la religión y la moral, en lugar de transformarlas situándose así en contradicción con todo desarrollo social anterior. ¿A qué se reduce esta acusación? La historia de todas las sociedades anteriores se movía en el marco de los antagonismos sociales que en cada época adoptaban distinta naturaleza. Cualquiera que sea la forma adoptada en cada caso, el hecho de la explotación de una parte de la sociedad por la otra es algo común a todas las épocas pasadas. Nada tiene de admirable, por consiguiente, que la conciencia social, producto de muchos siglos, a despecho de su diversidad y multiformidad en el tiempo, se mueva dentro de ciertos esquemas comunes, en formas de conciencia que tan sólo se extinguirán plenamente con la completa desaparición del antagonismo de clases. La revolución comunista significa la ruptura más radical con las relaciones de Producción tradicionales y no nos ha de sorprender, por lo tanto, que rompa en el curso de su desarrollo del modo más radical con todas las ideas tradicionales. Pero dejemos ahora de lado las objeciones burguesas contra el comunismo. Ya vimos más arriba que el primer paso de la revolución proletaria consiste en la elevación del proletariado a clase dominante en la conquista de la democracia. El proletariado usará de su poder político para arrancar paso a paso a la burguesía todo su capital, centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y acrecentar con la mayor rapidez posible el cúmulo de fuerzas productivas. En un principio, todo ello sólo es posible, naturalmente, mediante intervenciones despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones burguesas de producción, es decir; mediante medidas que pueden parecer económicamente insuficientes e insostenibles en si mismas pero que, en el transcurso de todo este movimiento, van, en su alcance, más allá de si mismas y resultan imprescindibles para la transformación radical de todo el sistema de producción. Estas medidas habrán de ser, como es natural, diversas de conformidad con la diversidad de los países. En el caso de los países más avanzados, las siguientes medidas tendrán, sin embargo, una aplicación más o menos general: 1. Expropiación de la propiedad territorial y dedicación para gastos del Estado de la renta del suelo. 2. Impuesto fuertemente progresivo. 3. Supresión del derecho de herencia. 4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados políticos y rebeldes. 5. Centralización del crédito en manos del Estado. 6. Centralización de la red de transportes en manos del Estado. 7. Ampliación del número de fábricas nacionales, instrumentos de producción, roturación y mejora de terrenos de acuerdo con un plan general. 8. Imposición a todos de la obligación de trabajar; organización de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura. 9. Explotación combinada de la agricultura y la industria. Intervención encaminada a la eliminación gradual de diferencias entre la ciudad y el campo. 10. Educación pública y gratuita de todos los niños. Eliminación del trabajo fabril de los niños en su forma actual. Interacción coordinada entre la educación y la producción material. Cuando, en el transcurso de este proceso, vayan desapareciendo las diferencias de clase y la totalidad de la producción se halle en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político en su sentido más genuino no es sino el poder organizado de una clase para la opresión de las otras. Cuando el proletariado se una forzosamente como clase en su lucha contra la burguesía, se constituya en clase dominante mediante la revolución y como tal clase dominante suprima por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprimirá con ellas la condición misma de los antagonismos de clase, las clases como tales y su propia dominación de clase. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clases, surgirá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición para el libre desarrollo de los demás. 1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO 1. a) El socialismo feudal Las aristocracias inglesa y francesa estaban llamadas, por su posición social, a escribir panfletos contra la moderna sociedad burguesa. En la Revolución francesa de julio de 1830 y en el movimiento reformista inglés, hubo de sucumbir una vez más ante el odiado advenedizo. A partir de ahí, toda lucha política seria quedaba muy fuera de sus posibilidades. No le quedaba otro recurso que el de la lucha con la pluma. Pero la vieja retórica de la época de la restauración había perdido toda vigencia, incluso en el campo de la literatura. Para despertar simpatías tuvo que olvidar, al menos en apariencia, sus intereses y formular su acta de acusación contra la burguesía únicamente en interés de la clase obrera explotada. De este modo, se daba la satisfacción de entonar coplas libeláticas contra su nuevo dominador y susurrarle al oído profecías más o menos funestas. Así surgió el socialismo feudal, mitad lamento fúnebre, mitad pasquín; mitad resonancia del pasado y mitad amenaza del futuro, capaz a veces de herir en lo más vivo a la burguesía con juicios cáusticos y cortantes por su agudeza, pero dando siempre una imagen ridícula por su incapacidad total para comprender la marcha de la historia moderna. Para atraer al pueblo y ponerse a su cabeza, agitaba como bandera el saco de mendigo del proletariado; pero cada vez que el pueblo le seguía acababa por ver en su trasero los viejos blasones feudales y se dispersaba entre carcajadas tan sonoras como irreverentes. Una parte de los legitimistas franceses y la Joven Inglaterra han desempeñado este papel como autores consumados. En su afán de demostrar que su modo de explotación era de otra naturaleza que el de la burguesa, estos señores feudales olvidan que ellos explotaban en circunstancias y bajo condiciones totalmente diferentes, hoy ya caducadas. Y, al poner de manifiesto que bajo su dominación no existía el proletariado moderno, olvidan que la burguesía moderna es precisamente el vástago que su régimen feudal había de engendrar necesariamente. Por lo demás, la ocultación de su carácter reaccionario es mínima ya que su acusación fundamental contra la burguesía consiste en reprocharle que, bajo su régimen, se desarrolla una clase que hará saltar en pedazos toda la vieja sociedad. Lo que le reprochan no es tanto el engendrar un proletariado como el engendrar un proletariado revolucionario. De aquí que en su praxis política compartan todas las medidas de fuerza contra la clase obrera y en la vida cotidiana, pese a toda su ampulosa retórica, se avengan a recolectar las manzanas de oro y a trocar la fidelidad, el amor y el honor por el sucio tráfico en lana de oveja, remolacha y aguardiente. Al igual que el cura de misa y olla iba siempre del bracete del señor feudal, el socialismo clerical va también de la mano del socialismo feudal. Nada resulta más fácil que dar un barniz socialista al ascetismo cristiano. ¿No lanzó el cristianismo sus invectivas airadas contra la propiedad privada, el matrimonio y el Estado? ¿Acaso no predicó en substitución de todo ello la caridad, la limosna, el celibato y la mortificación de la carne, el monacato y la iglesia. El socialismo cristiano no es otra cosa que el agua bendita con que la clerigalla bendice el enojo de la aristocracia. b) El socialismo pequeño burgués La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía ni la única que hubo de ver cómo sus condiciones de vida se consumían y extinguían en la moderna sociedad burguesa. Los villanos medievales y la clase de los pequeños campesinos fueron los precursores de la moderna burguesía. En aquellos países de menor desarrollo industrial y comercial, estas clases siguen vegetando al lado de la ascendente burguesía. En los países con una civilización moderna desarrollada, se ha ido constituyendo una nueva capa pequeño-burguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que se recompone una y otra vez como grupo complementario de la sociedad burguesa, pero cuyos miembros se ven arrojados continuamente a las filas del proletariado por la competencia económica. Esta pequeña burguesía ve incluso cómo, con el desarrollo de la gran industria, se aproxima el momento en que desaparecerá como sector independiente de la sociedad moderna al ser substituida en el comercio, la producción manufacturera y la agricultura por capataces y domésticos. En países como Francia, en los que la clase campesina constituye más de la mitad de la población, nada tiene de extraño que algunos escritores, al sostener la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen como base de su crítica del régimen burgués criterios pequeño-burgueses o propios del pequeño campesinado. Tomaron partido en favor del proletariado, pero con un enfoque pequeño-burgués. Fue así como surgió el socialismo pequeño-burgués. El representante más relevante de su literatura es Sismondi y ello tanto para Francia como para Inglaterra. Este socialismo analiza con extrema agudeza las contradicciones de las modernas relaciones de producción quitándoles la máscara de retoques cosméticos con que los economistas las disimulaban. Puso al descubierto de forma irrefutable la acción destructora de la maquinaria y la división del trabajo, la concentración de capitales y tierras, la superproducción y las crisis, el forzoso hundimiento de la pequeña burguesía y el campesinado, la miseria del proletariado, las clamorosas desigualdades en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial entre las diferentes naciones, la disolución de las viejas costumbres, de las viejas relaciones familiares y de las viejas nacionalidades. Pero en cuanto a su contenido concreto, lo que este socialismo propone es volver a reconstruir los medios de producción y cambio anteriores y, con ello, las viejas relaciones de propiedad y la vieja sociedad o bien ensamblar de nuevo, por la fuerza, los modernos medios de producción y cambio en el marco de las viejas relaciones de producción, marco-que aquéllos habían hecho saltar como forzosamente debía ocurrir. Tanto en un caso como en otro, su carácter es reaccionario y utópico al mismo tiempo. Organización gremial de las manufacturas y economía patriarcal en la agricultura. Eso es lo que proclaman en última instancia. En su desarrollo ulterior, esta tendencia se ha refugiado cobardemente en un estado de modorra quejumbrosa. c) El socialismo alemán o «verdadero» La literatura socialista y comunista francesa, surgida bajo la presión de la burguesía dominante y expresión literaria de la lucha contra esa dominación, penetró en Alemania en una época en que la burguesía acababa de iniciar su lucha contra el absolutismo feudal. Filósofos, semifilósofos y espíritus estetizantes de Alemania se lanzaron con avidez sobre esta literatura olvidándose tan sólo de que, si bien aquellos escritos cruzaban las fronteras alemanas provenientes de Francia, ello no significaba que también las cruzasen simultáneamente las condiciones de vida de este país. Frente a las condiciones dadas en Alemania, esta literatura perdía toda significación práctica inmediata, adoptando un aspecto enteramente literario. Tenía que aparecer forzosamente como especulaciones ociosas acerca de la realización de la esencia humana. El sentido que las exigencias de la primera revolución francesa podían tener para los filósofos alemanes del siglo XVIII era el de ser exigencias de la «Razón Práctica» en general, y las decisiones revolucionarias de la burguesía francesa representaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de la voluntad auténticamente humana. El trabajo de los escritores alemanes se redujo exclusivamente a armonizar las nuevas ideas francesas con su anticuada conciencia filosófica o, mejor dicho, a asimilar esas ideas francesas desde el punto de vista filosófico. Esa asimilación se efectuó del misma modo como se efectúa el aprendizaje de una lengua extranjera, mediante la traducción. Es bien sabido que los monjes recubrieron muchos manuscritos, plasmación de las obras clásicas del paganismo, con insípidas vidas de santos de la Iglesia Católica. Los literatos alemanes procedieron a la inversa respecto a la literatura profana francesa. Lo que hicieron fue escribir, tras el texto original francés, sus absurdos filosóficos. Así por ejemplo, tras la critica francesa a las relaciones dinerarias, ellos escribieron: «Alienación de la esencia del ser humano». Tras la crítica francesa al Estado burgués escribieron: «Supresión de la dominación de la universalidad abstracta», etc. A la intromisión chapucera de esa retórica filosófica tras las evoluciones del pensamiento francés se la bautizó con el nombre de «Filosofía de la acción», «Socialismo verdadero», «Ciencia alemana del Socialismo» o «Fundamentación filosófica del Socialismo». La literatura socialcomunista francesa quedó así literalmente castrada. Y como quiera que en las manos de los alemanes dejó de ser la expresión de la lucha de una clase contra las otras, el alemán adquirió conciencia de haber superado la «unilateralidad francesa» y de defender, en lugar de necesidades reales, la necesidad de la verdad y, en lugar de las intereses del proletariado, los intereses del ser humano, del hombre en sí, del   Resultado de imagen para PROLETARIOS Y COMUNISTAShombre que no pertenece a una clase ni pertenece en absoluto a la realidad, sino tan sólo al cielo nebuloso de la fantasía filosófica. Este socialismo alemán, que tan en serio y con tal solemnidad tomaba sus torpes ejercicios escolares hasta el punto de propalarlos a los cuatro vientos al toque de trompetas, fue perdiendo, no obstante, su ingenua pedantería. La lucha de la burguesía alemana, en concreto de la burguesía prusiana, contra los feudales y la monarquía absoluta, es decir, el movimiento liberal, tomo un cariz más serio. Al socialismo «verdadero» se le presentó así la deseada ocasión para contraponer a este movimiento político sus exigencias socialistas, fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre competencia burguesa, contra la libertad de prensa burguesa y contra el derecho, la libertad y la igualdad burguesas, predicando a las masas populares que con este movimiento burgués nada podía ganar y sí, más bien, perderlo todo. El socialismo alemán olvidaba oportunamente que la critica francesa, de la que él no era más que un eco sin vida, presuponía la sociedad burguesa moderna con sus correspondientes condiciones materiales de vida y la constitución política a ellas adecuada, presupuestos que en Alemania estaban aún por conquistar. A los gobiernos absolutistas alemanes con todo su cortejo de curas, maestros de escuela, aristócratas del terruño y burócratas, les sirvió como el espantapájaros que necesitaban para atemorizar a una burguesía que avanzaba amenazadora. Constituía el trago reconfortante que esos mismos gobiernos daban a los obreros después de la implacable ración de latigazos y descargas de fusil como pago por sus revueltas. Si bien el socialismo verdadero constituía, bajo este aspecto, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, al mismo tiempo representaba de modo inmediato intereses reaccionarios, los intereses de la baja burguesía. Proveniente del siglo XVI y resurgida una y otra vez bajo formas muy diversas, esta pequeña burguesía constituye la autentica base social del orden vigente. Mantenerla equivale a mantener el estado de cosas actual en Alemania. La dominación industrial y política de la burguesía le inspira el temor de su segura desaparición, debida por una parte a la concentración del capital y, por otra, al surgimiento de un proletariado revolucionario. El socialismo verdadero le pareció el modo de matar los dos pájaros de un tiro y se extendió entre ella como una epidemia. El ropaje tejido con las telarañas de la especulación, bordado con exquisitas flores retóricas y empapado del sentimentalismo de la embriaguez amorosa, ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían sus escuálidas verdades eternas, contribuyó a aumentar entre ese público la venta de su mercancía. El socialismo alemán, por su parte, se identificó crecientemente con este papel de fatuo representante de esta burguesía filistea. Proclamó que la nación alemana era la nación modélica y el pequeño burgués filisteo alemán, el hombre ejemplar. Detrás de cada una de las bajezas de este tipo humano venia a descubrir un sentido socialista oculto y sublime que le hacía significar lo contrario. Consecuente hasta el final, se alzó para enfrentarse a la tendencia «burdamente destructiva» del comunismo y anunció su egregia imparcialidad por encima de toda lucha de clases. Salvo muy raras excepciones, todo cuanto en Alemania circula en calidad de publicaciones pretendidamente socialistas o comunistas pertenece a este tipo de literatura vil y enervante.

2. EL SOCIALISMO BURGUÉS O CONSERVADOR 1. Una parte de la burguesía desea mitigar los males sociales al objeto de asegurar la permanencia de la sociedad burguesa. Cabe contar aquí a los economistas, a los filántropos, a los humanitarios, a los promotores de la mejora de la situación de las clases trabajadoras, a los organizadores de la beneficencia, a los miembros de la sociedad protectora de animales, fundadores de asociaciones en pro de la frugalidad y a los más pintorescos reformadores de vía estrecha. También este socialismo burgués ha sido objeto de grandes elaboraciones sistemáticas. Vamos a aducir como ejemplo la «Filosofía de la Miseria», de Prudhon. Los socialistas burgueses quisieran tener las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas ni peligros que necesariamente conllevan. Quisieran la sociedad vigente, previa supresión de todos los elementos que la revolucionan y descomponen. Quisieran la burguesía sin el proletariado. La burguesía concibe, naturalmente, el. mundo en que ella domina como el mejor de los mundos. El socialismo burgués elabora un sistema parcial o total partiendo de esa concepción consoladora. Cuando exhorta al proletariado a hacer realidad sus sistemas y entrar en la nueva Jerusalén, lo único que está exigiendo, en último término es que permanezca en el actual sistema social, pero alejando de su mente las odiosas ideas que se ha formado de él. Una segunda modalidad menos sistemática, pero tanto más práctica de socialismo, trata de enfriar cualquier iniciativa revolucionaria de la clase obrera haciéndole ver que no es tal o cual reforma política lo que le reportará ventajas, sino tan sólo la modificación de sus condiciones materiales de vida, de su situación económica. Por modificación de las condiciones materiales de vida no entiende ese socialismo, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas -cosa que sólo se puede obtener por el camino de la revolución-, sino las mejoras administrativas que se efectúan en el marco de esas relaciones de producción y que en nada modifican, por tanto, la relación entre el capital y el trabajo asalariado. En el mejor de los casos, esas mejoras reducen los costos de la dominación burguesa y simplifican el presupuesto de su Estado. Este socialismo burgués encuentra su expresión más acabada allí donde se convierte en mera figura retórica. ¡Librecambio! En interés de la clase trabajadora. ¡Protección aduanera! En interés de la clase trabajadores. ¡Prisiones celulares! En interés de la clase trabajadora. Ésta es la consigna definitiva, la única que el socialismo burgués toma realmente en serio. El socialismo de la burguesía consiste precisamente en la afirmación de que el burgués es burgués en interés de la clase trabajadora.

3. EL SOCIALISMO Y COMUNISMO CRÍTICOUTÓPICOS 1. No hablamos aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones sirvió de expresión a las exigencias del proletariado (escritos de Baboeuf, etc.). Los primeros intentos del proletariado en una época de agitación general, el periodo de derrocamiento de la sociedad feudal de hacer valer directamente su propio interés de clase, tenían que fracasar forzosamente debido al desarrollo, todavía insuficiente, de su propia constitución así como a la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación. Éstas resultan precisamente de la una duración de la época burguesa. La literatura revolucionaria surgida de estos primeros movimientos del proletariado tiene necesariamente, por lo que respecta a su contenido, un carácter reaccionario. Preconiza un ascetismo universal y un burdo igualitarismo. Los sistemas auténticamente socialistas y comunistas, los de Saint Simon, Fourier, Owen, etc., emergen en la primera fase, poco desarrollada, de la lucha entre el proletariado y la burguesía tal y como ya expusimos más arriba (véase el capítulo «Burgueses y Proletarios»). Los creadores de estos sistemas se apercibieron ciertamente del antagonismo entre clases y de la eficacia de los elementos de disolución actuantes en el seno de la misma sociedad vigente. Lo que sin embargo no alcanzaron a ver es la actividad histórica autónoma del proletariado ni el movimiento político que le es propio. Como quiera que el desarrollo de los antagonismos de clase discurre paralelamente al desarrollo de la industria, se mostraron asimismo incapaces de descubrir las condiciones materiales de la emancipación del proletariado y fueron en busca de la ciencia social, de las leyes sociales que las creasen. En lugar de la actividad social había de intervenir su actividad inventiva personal; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización paulatina del proletariado como clase, la organización de la sociedad que sus propias mentes urdían. La historia universal venidera se reduce, para ellos, a la propaganda y puesta en práctica de sus proyectos sociales. Abrigan, de seguro, la conciencia de que con sus proyectos defienden los intereses de la clase obrera como clase más mortificada, pues el proletariado existe para ellos, tan sólo bajo ese aspecto de clase más mortificada. La forma todavía poco desarrollada de la lucha de clases y la posición social propia les hacen creerse muy por encima de los antagonismos de clase. Pretenden mejorar las condiciones de vida de todos los hombres de la sociedad, incluidos los más acomodadas. Por lo tanto, apelan a toda la sociedad sin hacer distinciones e incluso con preferencia a la clase dominante. Pues basta conocer su sistema, piensan, para reconocer en él el mejor plan para la mejor de las sociedades posibles. Por ello repudian toda acción política y de modo explícito la revolucionaria y quieren alcanzar su meta por la vía pacífica, intentando abrir camino al nuevo evangelio social con el poder del ejemplo, mediante pequeños experimentos que acaban, como es natural, en el fracaso. Sus descripciones fantásticas de la sociedad del futuro nacen en una época en que el proletariado está aún en desarrollo incipiente y en consecuencia apenas tiene, él mismo, una idea fantástica de su propia situación y responden a su impulso primario, intuitivo, de transformación general de la sociedad. Pero estos escritos socialistas y comunistas constan también de elementos críticos. Atacan todos los fundamentos de la sociedad vigente y han suministrado por ello materiales valiosísimos para la ilustración de las obreros. Sus tesis positivas sobre la sociedad futura, por ejemplo la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, de la familia, de la ganancia privada, del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social, la conversión del Estado en mera administración de la producción, todas esas tesis expresan únicamente el escamoteo del antagonismo de clases, antagonismo que tan sólo conocen en su primera indeterminación amorfa, precisamente porque apenas ha iniciado su desarrollo. Por ello, esas tesis, en si mismas, tienen todavía un sentido puramente utópico. La importancia del socialismo y comunismo críticoutópicos está en proporción inversa al desarrollo histórico. En la misma medida en que la lucha de clases se desarrolla. y se vertebra, esta ilusión de flotar por encima de la misma o de combatirla con quimeras pierde todo valor práctico, toda justificación teórica. Por ello, aun cuando los autores de estos sistemas fuesen revolucionarios en más de un aspecto, sus discípulos fundan en todos los casos sectas reaccionarias. Frente al avance histórico del proletariado, ellos se mantienen aferrados a las viejas concepciones de sus maestros. Consecuentemente tratan de quitar virulencia a la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Sueñan todavía con la realización experimental de sus utopías sociales, con la fundación de falansterios aislados, la creación de Home-Colonies (colonias de metrópoli) y la instauración de una pequeña Icaria -edición en miniatura de la Nueva Jerusalén-. Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven obligados a apelar a la filantropía cordial y a la bolsa del burgués. Poco a poco se van integrando en la categoría de los socialistas conservadores o reaccionarios y lo único que los distingue de ellos es su pedantería más sistemática la fanática superstición con que confían en los milagrosos efectos de su ciencia social. Se oponen por ello encarnizadamente a todo movimiento político de los obreros que, a su Juicio, sólo puede provenir de la ciega incredulidad en el nuevo evangelio. Los owenistas ingleses y los fourieristas franceses reaccionan respectivamente contra cartistas y reformistas.

4.POSICIÓN DE LOS COMUNISTAS RESPECTO A LOS DIFERENTES PARTIDOS DE LA OPOSICIÓN 1. Después de lo dicho en el capítulo II, resulta obvia la relación que los comunistas guardan respecto a los partidos obreros ya constituidos, es decir, respecto a los cartistas y los reformadores agrarios en Norteamérica. Los comunistas luchan por la consecución de los objetivos e intereses inmediatos, pero en el movimiento actual representan al mismo tiempo el futuro de ese movimiento. En Francia, los comunistas se unen al partido social-democrático en su lucha contra la burguesía radical y conservadora, sin renunciar por ello al derecho de mantener una actitud crítica frente a la fraseología hueca y las ilusiones provenientes de la tradición revolucionaria. En Suiza, dan soporte a los radicales sin perder de vista que este partido se compone de elementos contradictorios, de demócratas socialistas en sentido francés, por una parte, y de burgueses radicales por otra. En Polonia, los comunistas apoyan al partido que hace de la revolución agraria la condición para la liberación nacional, el mismo partido que dio vida a la insurrección de Cracovia de 1846. En Alemania, mientras la burguesía desempeñe un papel revolucionario, el partido comunista luchará junto a ella contra la monarquía absolutista, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía. Pero no desaprovechará ningún momento para ir forjando entre los obreros una conciencia lo más clara posible acerca de la oposición hostil entre burguesía y proletariado, al objeto de que los obreros alemanes hagan de las condiciones sociales y políticas que la burguesía implantará con su dominación otras tantas armas que dirigirán de inmediato contra esa misma burguesía. Tras el derrocamiento de las clases reaccionarias, dará así comienzo en Alemania la lucha contra la burguesía misma. Los comunistas concentran especialmente su interés en Alemania por estar ésta en vísperas de una revolución burguesa y porque esta convulsión social se da en una situación mas avanzada de la civilización europea y con un proletariado bastante más desarrollado que el existente en la situación de Inglaterra en el siglo XVII o en Francia en el siglo XVIII. De este modo, la revolución burguesa alemana no puede ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria. En una palabra, los comunistas apoyan en todas partes cualquier movimiento revolucionario que vaya contra el orden social y político vigente. En todos los movimientos destacan la cuestión de la propiedad, cualesquiera que sea la forma más o menos desarrollada que haya revestido ésta, como la cuestión fundamental de los mismos. Finalmente, los comunistas se esfuerzan por doquier en favor de la unión y el entendimiento entre los partidos democráticos de todos los países. Los comunistas consideran despreciable el ocultar sus opiniones e intenciones. Proclaman abiertamente que sus objetivos tan sólo se pueden alcanzar mediante el derrocamiento violento de todo el orden social preexistente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios nada tienen que perder en ella, salvo sus cadenas. Y tienen un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!

15.3.15

Movimientos literarios de Vanguardia

Escrito por Justo Fernández López
Fuente :        http://hispanoteca.eu/

El impacto de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) dio lugar en Europa a un intento de ruptura con la cultura que parecía agotada y al nacimiento de una serie de grupos llamados de “vanguardia” (del antiguo avanguardia, y este de aván, por avante = ‘adelante’, y guardia: avanzada de un grupo o movimiento ideológico, político, literario, artístico).
La acepción primera de la palabra vanguardia pertenece al lenguaje militar: Fracción o parte más avanzada de una tropa, y también el espacio que se extiende a su frente. El término vanguardia en arte y en literatura fue acuñado en Francia tras la guerra del 14 como avant-garde como reflejo del espíritu de lucha, de combate y de confrontación que el nuevo movimiento estético significaba frente al arte académico del siglo XIX.
En Francia comenzó a usarse aplicada a la política entre los socialistas utópicos hasta que adquirió, con Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), el sentido de minoría esclarecida encargada de conducir la revolución. Posteriormente se desarrolló el concepto entre los movimientos artísticos que se proponían romper con las convenciones estéticas vigentes.
Desde el principio, el arte de vanguardia manifiestas abiertamente su rasgo provocador contra lo antiguo, lo naturalista o lo que se relacionara con el arte burgués. Las vanguardias son la expresión de un profundo rechazo a la llamada cultura burguesa. El afán imperialista de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y el fracaso de la burguesía en cuanto a conseguir la paz y estabilidad social, provoca un rechazo a la guerra y a la mentalidad burguesa, manifestado en los ismos o movimientos ideológicos contra el arte burgués, surgidos en el periodo que va desde la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
En un periodo de 15 a 20 años, los movimientos de vanguardia revolucionarán las formas y los contenidos. Algunos de estos movimientos pasaron rápidamente, pero otros quedaron incorporados al arte para siempre. El enfrentamiento a las ideas del mundo burgués, surgirán movimientos antiburgueses de tipo fascista, como el futurismo italiano de Filippo Marinetti (1876-1944), que trataba de adaptar el arte al dinamismo de los avances técnicos y ensalzaba el peligro, la energía, el valor y la guerra como la única higiene del mundo: Manifiesto de la literatura futurista (1910). Otros movimientos vanguardistas manifestarán su rebeldía antiburguesa en movimientos proletarios de izquierdas. El surrealismo francés ve la renovación social y cultural en la revolución comunista.
Un año después de lanzado el Manifiesto futurista, Rubén Darío replica a Marinetti diciendo que la palabra “futurismo” ya había sido empleada por el poeta catalán Gabriel Alomar en 1904 y preguntándose si no habría que releer el manifiesto romántico de Victor Hugo, incluido como prólogo del Cromwell, sobre todo cuando reivindica lo “grotesco” y la mezcla de géneros, y si, como dice Marinetti, la “guerra” es la única “higiene del mundo”, ¿qué pasa con la peste?
Los dos grandes movimientos de vanguardia, a través de sus credos estéticos, serán en un principio el exponente de las dos grandes ideologías del siglo XX: el fascismo o nazismo y el comunismo. Al final, estos movimientos vanguardistas serán ellos mismos víctimas de los aparatos culturales de Estado estalinista en Rusia y del nacionalsocialista en Alemania. El futurismo fue víctima de nueva estética de realismo social en Rusia. La vanguardia alemana en pintura será considerada por los nazis como “arte degenerado”. De esta manera, la confrontación ideológica y militar de la década de los cuarenta acabará con los vanguardismos. Pero el impulso vanguardista de crear los fundamentos de un nuevo concepto de arte y de literatura dio frutos duraderos.
El vanguardismo como movimiento artístico intenta hallar nuevas formas de expresión estética fuera de los cánones tradicionales, con intención renovadora, de avance y exploración. Manifestaciones vanguardistas fueron el dadaísmo, el cubismo, el surrealismo, el ultraísmo, el creacionismo. Por extensión, se llamó vanguardista a toda tendencia o corriente innovadora en cualquier campo del conocimiento: el vanguardismo económico, etc.
El común denominador de la vanguardia fue:
Afán revolucionario por acabar con la tradición estética de corte naturalista, creando un arte completamente inédito.
Completa y absoluta libertad en el terreno de la forma y –paradójicamente a las circunstancias históricas del momento– un despreocupado optimismo.
Al principio surgió como arte de minorías, separado del gusto popular, pero progresivamente se ha ido integrando en el actual arte de masas.
Perpetuo cuestionamiento de las bases estéticas y experimentación continua de nuevas formas, más adaptadas a la expresión de las nuevas experiencias, anticipándose al espíritu de su propio tiempo, en contraste con las ideas y gustos tradicionalmente establecidos.
Exploración de nuevas formas estéticas.
Algunos se distinguieron por lo que se ha llamado “irracionalismo poético”, caracterizado por la novedad y la audacia de imágenes.
Una conclusión: las vanguardias fueron las avanzadillas de la sensibilidad creadora de nuestro tiempo.
Paralelos a la Generación del 98, los movimientos vanguardistas buscaban restablecer lo auténticamente lírico y salvar la poesía. La vanguardia constituyen todo un entramado de movimientos artísticos que pretendieron acabar de una vez por todas con varias de las rémoras del academicismo decimonónico en las tres primeras décadas del siglo XX: el ultraísmo, el dadaísmo, el cubismo, el expresionismo y el futurismo.
El surrealismo aparece mencionado por vez primera en una obra de Apollinaire titulada Las tetas de Tiresias (1917); también de Apollinaire son varios manifiestos en favor del cubismo y el futurismo, que él mismo cultivaba. El ultraísmo se coló en España por medio de la tertulia del Café Colonial que organizaba Cansinos-Assens al final de la segunda década del siglo XX; para su difusión, fueron fundamentales las revistas y el apoyo brindado por escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Ramón Gómez de la Serna o Guillermo de Torre. La vanguardia y sus partidarios en España coincidieron en la Generación del 27 para dispersarse posteriormente por distintos países y en diversas corrientes estéticas.
Aunque en muchos momentos se nota un corte fuerte entre modernistas y vanguardistas, lo cierto es que entre ellos hubo mucho en común: la mezcla y convivencia de modernismo y vanguardia resulta eficaz en artes plásticas, particularmente en arquitectura y artes decorativas; por otro lado, no es extraño que un mismo artista haya cultivado ambas estéticas, al mismo tiempo o en fases diferentes de su vida (muchos modernistas, de hecho, recabaron en la vanguardia años más tarde).
El Creacionismo y el Ultraísmo son dos movimientos vanguardistas netamente españoles y se caracterizan por el rechazo de lo sentimental, de lo trágico, de lo subjetivo y de lo íntimo. Ya no es época de cantar al amor, a la muerte, a Dios, ni siquiera al hombre. Estos dos movimientos tienen su vigencia ente 1918 y 1923.
El poeta, por ser creador, debe purificar la literatura de toda la carga moral, filosófica o política que, proveniente desde el Romanticismo, la había impregnado. El arte se convierte en fin en sí misma.

El creacionismo
Fue una corriente surgida al lado del ultraísmo. Su portavoz fue el chileno Vicente Huidobro Fernández (1893-1948), escritor vanguardista chileno, defensor entusiasta de la experimentación artística durante el periodo de entreguerras. En 1918 llega a Madrid Vicente Huidobro, que compara su movimiento creacionista con el imaginismo anglo-americano de Ezra Pound y haciendo referencia al dadaísmo.
Huidobro intenta resolver el conflicto entre naturaleza y arte, formulado por Oscar Wilde con la frase “la naturaleza imita al arte”. Huidobro cree que el poeta ha de crear su poema como la naturaleza crea un árbol. El creacionismo pretende que la obra literaria es totalmente autónoma; el poeta no debe cantar a la Naturaleza, sino imitarla en su creatividad.
El manifiesto del creacionismo: Nada de acción ni de descripción. El sentimiento tiene que salir solamente de la fuerza creadora. Hay que hacer una poesía como la naturaleza hace un árbol. El poeta crea un mundo fuera del existente, un mundo que no existe, pero debería existir. Por ejemplo, si el poeta dice “el pájaro que anida en el arco iris”, presenta el poeta un fenómeno que no existe, que nadie ha visto, pero que todos desearían ver. “En vez de cantar la rosa, hazla florecer en el poema” (Huidobro).
Junto a su introductor en España, el chileno  Vicente Huidobro Fernández (1893-1948), hay que destacar al bilbaíno Juan Larrea (1895-1980) y Gerardo Diego (1896-1987) como vinculados al Creacionismo.
Características del creacionismo:

El poeta debe crear su poema como la naturaleza hace brotar la vegetación.
El poeta debe prescindir de todo lo anecdótico y descriptivo.
El poeta en vez de cantar la rosa debe hacerla florecer en un poema.
El sentimiento tiene que salir solamente de la fuerza creadora.
En la escritura se suprimen los signos de puntuación y todo lo que dé estructura sintáctica a la frase. Lo mejor forma de composición es la gratuita yuxtaposición de imágenes que no necesitan tener un referente en la realidad.
La coherencia de la yuxtaposición de las imágenes no necesita tener un hilo conductor.

El ultraísmo
El Ultraísmo tiene bastante en común con el Creacionismo. Desde 1915, el movimiento modernista quedó liquidado. Juan Ramón Jiménez y algunos poetas menores intentan buscar nuevos caminos que fueran “más allá” (en latín “ultra”) del modernismo.
En 1918 comienzan las tertulias de Rafael Cansinos-Assens, rodeado de jóvenes en el Café Colonial de Madrid. Son los gérmenes del ultraísmo, movimiento ultrarromántico que reniega de lo viejo (el modernismo), de la oratoria y la retórica, de los prejuicios moralistas o académicos, y defiende, proclamando que la guerra no ha servido para nada, un estar “adelante siempre en arte y en política, aunque vayamos al abismo”, construyendo la fraternidad universal a través de las nuevas estéticas, siempre “subversivas y heréticas” porque “atacan al régimen y a la religión”.
El primer brote en España de este movimiento subversivo de la vanguardia fue el ultraísmo, cuyo programa vino a reducirse a lo siguiente:
Abandono de lo decorativo modernista y del elemento anecdótico musical y emotivo. Instauración de una poesía esencialmente metafórica, de ahí la rehabilitación del poeta barroco español Luis de Góngora y Argote (1561-1627). La inspiración hay que buscarla en los temas más dinámicos y deportivos del mundo moderno.
Guillermo de la Torre defina así este movimiento:
“El ultraísmo busca la reintegración de lo lírico y la rehabilitación de la poesía. Usa los elementos puros e imperecederos: La imagen y la metáfora, y rechaza todos los elementos extraños: acción, motivos narrativos y retórica”.
Desaparece la rima y queda solamente el ritmo. Desaparecen las conexiones lógicas. Aparecen los valores visuales y el relieve plástico, en vez de la musicalidad y la retórica. En cuanto a los temas, el ultraísmo quiere introducir en la poesía temas hasta ahora no tenidos por literarios: las máquinas, la electricidad, el automóvil.
Obras representativas del ultraísmo:
Hélices (1924) de Guillermo de la Torre y las dos obras
Imágenes (1922) y
Manual de espumas (1924) de Gerardo Diego.
El ultraísmo tiene cierta semejanza con el futurismo italiano. Su valor radica en haber sido precursor.
El ultraísmo nace en el 1919 y muere prácticamente ya cuatro años más tarde. Duró de 1919 a 1923 y no consiguió dejar nada decisivo, pero fue un revulsivo que hizo posible la poesía de los años siguientes.
El ultraísmo se expresó sobre todo a través de revistas, en las que publicaban poetas del círculo de Cansinos-Assens. Estuvieron ligados al ultraísmo Jorge Luis Borges, quien más tarde se arrepentiría de sus devaneos; Ramón Gómez de la Serna, cuyas greguerías estaban muy próximas al culto de la imagen sorprendente e ingeniosa; Guillermo de Torre, en quien abundan los neologismos, las imágenes cinemáticas, el abandono de los signos de puntuación, los juegos con la disposición tipográfica; y además Gerardo Diego, César Vallejo y Juan Larrea. El ultraísmo, a través de Borges, se difundió en Argentina.
También en México hubo una versión peculiar del ultraísmo: el estridentismo de Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide y Salvador Gallardo, cuyo primer manifiesto incluía los nombres de Cansinos-Assens, Borges, Gómez de la Serna, Guillermo de Torre y otros. Ya el poeta mexicano Enrique González Martínez escribía en 1911 su soneto antimodernista “Tuércele el cuello al cisne”.
Rasgos del Ultraísmo
Influencias del cubismo, del futurismo y del dadaísmo.
Eliminación de la rima.
Búsqueda de neologismos, tecnicismos y palabras esdrújulas llamativas.
Imágenes y metáforas ilógicas: destacan el mundo del cine, del deporte, del adelanto técnico.
Tendencia a establecer una fusión de la plástica y la poesía.

El Movimiento Da-da
Dada es una palabra francesa que significa ‘caballito de juguete’ y fue elegida por el poeta y editor rumano Tristan Tzara al abrir al azar un diccionario en una de las reuniones que el grupo celebraba en el cabaret Voltaire de Zurich.
Dadá o Dadaísmo fue un movimiento vanguardista literario y artístico surgido en 1916, durante la Primera Guerra Mundial, caracterizado por su negación de los cánones estéticos establecidos, y que abrió camino a formas de expresión de la irracionalidad. Abarca todos los géneros artísticos y es la expresión de una protesta nihilista contra la totalidad de los aspectos de la cultura occidental, en especial contra el militarismo existente durante la I Guerra Mundial e inmediatamente después.
Aunque los dadaístas utilizaron técnicas revolucionarias, sus ideas contra las normas se basaban en una profunda creencia, derivada de la tradición romántica, en la bondad intrínseca de la humanidad cuando no ha sido corrompida por la sociedad.
Como movimiento, el Dadá decayó en la década de 1920 y algunos de sus miembros se convirtieron en figuras destacadas de otros movimientos artísticos modernos, especialmente del surrealismo. En París inspiraría más tarde el surrealismo. En 1922 el grupo de París se desintegró.

El surrealismo
De “una costilla del dadaísmo” surge en Francia el Surrealismo. En España surgió de los movimientos anteriores hacia 1925 y alcanza su punto culminante hacia 1928.
Los movimientos anteriores buscaban una perfección técnica, una pureza estética y odiaban lo sentimental –tendencia esta que compartían con las artes plásticas del cubismo, etc. La falta de emoción humana y la frialdad intelectual es el resultado.
El surrealismo da un cambio de rumbo. Ahora se busca el “automatismo síquico puro”, la asociación libre de ideas o imágenes, fuera totalmente de la lógica, de la razón. La influencia del sicoanálisis y la “asociación libre” como técnica terapeutica es patente. Se atiende solamente a la presentación del “mundo subconsciente”, de ahí la incoherencia irracional de las relaciones metafóricas, la importancia que adquieren los elementos oníricos y el tono turbulento y angustioso de las alucinadas visiones.
Se da mucha importancia al sueño, que Freud postulaba como la ‘vía regia’ para conocer la estructura síquica de los pacientes. Para los surrealistas, el sueño es una fuente de inspiración poética. El poeta trabaja durante la etapa del sueño. El misterio de toda creación está en las fuerzas inconscientes de la persona creadora. Para los surrealistas, el sueño y la realidad no son contradictorios, sino que se deben fusionar y dar así una “superrealidad”. De ahí que en España se diera a este movimiento el nombre de superrealismo. Los surrealistas o superrealistas rechazan toda actividad consciente y lógica y buscan la expresión de lo irracional, de las fuerzas elementales del alma humana.
El primer poeta español que escribió poesías surrealistas fue Rafael Alberti (1902-1999) en Sobre los ángeles (1930). Vicente Aleixandre (1898-1984), Federico García Lorca (1898-1936) y Gerardo Diego (1896-1987) pertenecieron a este movimiento poco tiempo.
Destacan, por su clara filiación surrealista:
José María Hinojosa (1904-1936)
La flor de California (1926)
La sangre en libertad (1931)
Rafael Alberti (1902-1999)
Sobre los ángeles (1929)
Luis Cernuda (1902-1963)
Los placeres prohibidos (1931)
Federico García Lorca (1898-1936)
Poeta en Nueva York (1929-1930)
Esta obra de Lorca, así como sus piezas teatrales El público y Comedia sin título, y el guión cinematográfico Viaje a la luna, revelan una afinidad con las búsquedas estéticas de Luis Buñuel y de Salvador Dalí, cuyos cortometrajes Un chien andalou (Un perro andaluz) y L’âge d’or (La edad de oro), con guión sólo de Buñuel, son exponentes del surrealismo en el cine.
Con el surrealismo –originado en España como superrealismo independientemente del francés– la poesía ganó un nuevo contenido dramático, después de algunos años de “deshumanización del arte” (Ortega). El tono europeo y antitradicional de los primeros momentos fue sustituido por la integración de la mejor tradición española: Garcilaso de la Vega (1501-1536), San Juan de la Cruz (1542-1591), Francisco de Quevedo (1580-1645), Luis de Góngora y Argote (1561-1627) y Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Esta integración fue fruto de la nueva valoración de la tradición española llevada a cabo por los „poetas universitarios“ (Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Gerardo Diego).

La evolución posterior a las vanguardias

Pasado el movimiento iconoclasta del ultraísmo, hay una vuelta a los cauces tradicionales: “Esta generación no se alza contra nadie ni contra nada, ni en lo político ni en lo literario” (Dámaso Alonso), a diferencia del modernismo y del 98. Se admira a los valores y maestros anteriores y a los grandes valores de la lírica nacional, pero se evoluciona manteniendo ciertos valores ultraístas:
§         Libre uso de la metáfora, uno de los elementos capitales del poema.
§         Estilización poética de la realidad.
§         Substitución de lo sentimental, decadente y noble del modernismo por un tono juvenil y optimista, a veces irónico, y escasamente emotivo.
Es el momento de la estilización de lo popular (Lorca y Alberti) y de la poesía pura (Salinas y Guillén). Ambas direcciones entroncan con aspectos de Juan Ramón Jiménez (1881-1958), quien es maestro común y admitido. La vuelta a lo popular no sólo afecta a los temas, sino también a la métrica. Lorca, por ejemplo, usará la copla tradicional popular y Alberti la del cancionero medieval.

5.6.14

Capítulo 10
J.P.MORGAN LE DA UNA PEQUEÑA AYUDA AL OTRO BANDO

Yo no me sentaría a almorzar con Morgan – excepto, posiblemente, para conocer algo de sus motivos y actitudes.
William E.Dodd, Diario del Embajador Dodd, 1933-1938

Hasta aquí nuestra historia ha girado alrededor de una única casa financiera principal – la Guaranty Trust Company, el mayor trust en los EE.UU., controlado por la firma J.P.Morgan. La Guaranty Trust usó a Olof Aschberg, el banquero bolchevique, como intermediario antes y después de la revolución. La Guaranty fue un sostén de Ludwig Martens y su Oficina Soviética, los primeros representantes soviéticos en los EE.UU. Y a mediados de 1920 la Guaranty Trust fue el agente fiscal soviético en los EE.UU.; los primeros embarques de oro a los EE.UU. también son rastreables hasta la Guaranty Trust.
Hay una sorprendente contracara a esta actividad pro-bolchevique: la Guaranty Trust fue la fundadora de la United Americans, una organización virulentamente antisoviética que ruidosamente anunciaba una invasión roja para 1922, denunciaba que había 20 millones de dólares de fondos soviéticos en camino para financiar la revolución roja, y predecía que habría pánico en las calles y hambrunas masivas en la ciudad de Nueva York. Esta duplicidad hace surgir, por supuesto, serias dudas en cuanto a las intenciones de la Guaranty Trust y sus directores. El negociar con los soviéticos y hasta apoyarlos puede ser explicado por codicia apolítica o simples motivos gananciales. Por el otro lado, la difusión de propaganda destinada a crear el miedo y el pánico mientras que, al mismo tiempo, se fomentaban las condiciones que creaban ese miedo y ese pánico; eso crea un problema considerablemente más serio. Sugiere una tremenda perversión moral. Echemos primero una mirada más de cerca a los United Americans anticomunistas.

AMERICANOS UNIDOS ALINEADOS PARA LUCHAR CONTRA EL COMUNISMO
La organización United Americans (Norte-Americanos Unidos) {[1]}se fundó en 1920. Estaba limitada a ciudadanos norteamericanos y planificada para 5 millones de miembros “cuyo único propósito sería el de combatir las enseñanzas de los socialistas, comunistas, I.W.W., organizaciones rusas y asociaciones agrarias radicalizadas.”
En otras palabras, la United Americans estaba para luchar contra todas las instituciones y grupos de los que se creía que eran anticapitalistas.
Los funcionarios de la organización preliminar establecida para constituir la United Americans fueron Allen Walker de la Guaranty Trust Company; Daniel Willard, presidente de Baltimore & Ohio Railroad; H. H. Westinghouse, de la Westinghouse Air Brake Company; y Otto H. Kahn, de Kuhn, Loeb & Company y de la American International Corporation. Estos personajes de Wall Street contaron con el apoyo de un variado grupo de autoridades universitarias y de Newton W. Gilbert (ex-gobernador de la Filipinas). Obviamente, la United Americans fue, a primera vista, exactamente la clase de organización que se suponía podrían financiar e integrar los capitalistas del establishment. Su constitución no debió producir ninguna sorpresa.
Pero, por el otro lado, como acabamos de ver, estos financistas también estaban profundamente involucrados en apoyar al nuevo régimen soviético en Rusia – si bien este apoyo se efectuaba detrás del escenario y sólo quedaba registrado en archivos gubernamentales que no se harían públicos por 50 años. Como miembros de la United Americans, Walker, Willard, Westinghouse y Kahn estaban haciendo un doble juego. Otto H. Kahn, uno de los fundadores de esa organización anticomunista, fue mencionado por el socialista británico J. H. Thomas como alguien que tenía "el rostro vuelto hacia la luz." Kahn escribió el prefacio para el libro de Thomas. En 1924 Kahn habló ante la League for Industrial Democracy (Liga por la Democracia Industrial) y profesó objetivos en común con este grupo de activistas socialistas. La empresa ferroviaria Baltimore & Ohio Railroad (la empleadora de Willard) estuvo activa en el desarrollo de Rusia durante los años 1920. La Westinghouse en 1920 – el año en que se fundó la United Americans – se encontraba operando una planta en Rusia que había sido exceptuada de la nacionalización. Y el papel de la Guaraty Trust ya ha sido descripto en detalle.

UNITED AMERICANS DESCUBRE “ASOMBROSAS REVELACIONES” SOBRE LOS ROJOS
En Marzo de 1920 el New York Times publicaba en forma destacada una extensa historia de terror sobre la invasión Roja de los EE.UU. en el término de dos años; invasión que sería financiada por $20 millones de fondos soviéticos “obtenidos del asesinato y del robo de la nobleza rusa.” {[2]}
Tal como se reveló, la United Americans había hecho una investigación sobre las “actividades de los radicales” en los EE.UU., en su condición de organización formada para “preservar la Constitución de los Estados Unidos, la forma representativa de gobierno y el derecho a la propiedad individual prevista en la Constitución”.
Más allá de ello, se decía que la investigación tenía el apoyo del comité ejecutivo, “incluyendo a Otto H. Kahn, Allen Walker de la Guaranty Trust Company, Daniel Willard” y otros. La nota afirmaba que
los líderes radicales confían en hacer una revolución dentro de dos años, que el inicio tendría lugar en la ciudad de Nueva York con una huelga general, que los líderes rojos predecían un gran baño de sangre y que el gobierno soviético ruso había contribuido con 20 millones de dólares al movimiento radical norteamericano.
Los embarques de oro a la Guaranty Trust a mediados de 1920 (540 cajas de tres “puds” cada una  [1 pud = 16.4 Kg.]) tenían un valor aproximado de 15 millones de dólares (a u$s 20 la onza troy). Con los otros embarques realizados a través de Robert Dollar y Olof Aschberg, el total ascendía a muy cerca de los 20 millones. La información concerniente al oro soviético para el movimiento radical se calificaba de “completamente confiable” y “le estaba siendo transmitida al gobierno”.  Se afirmaba que los rojos planeaban dominar a Nueva York por hambre en cuatro días:
En el interín, los rojos cuentan con que un pánico financiero desatado dentro de las siguientes semanas ayudará a promover su causa. Un pánico causaría angustia entre los trabajadores y los volvería más permeables a la doctrina revolucionaria.
El informe de la United Americans exageraba gruesamente el número de radicales en los EE.UU., lanzando al principio cifras del orden de los dos a cinco millones y finalmente manteniéndose en exactamente 3.465.000 miembros distribuidos en cuatro organizaciones radicales. El informe finalizaba subrayando la posibilidad de derramamientos de sangre y citaba a “Skaczewski, presidente de la International Publishing Association – es decir: el Partido Comunista  – (quien) alardea con que pronto vendrá el tiempo en que los comunistas destruirán completamente la actual forma de la sociedad.”
En resumen, la United Americans publicó un informe que, sin ofrecer pruebas, estaba diseñado a producir el pánico en el ciudadano común. Lo significativo, por supuesto, es que este grupo era el mismo que se había hecho responsable por proteger, subsidiar y hasta asistir a los soviéticos en la realización de dichos planes.

CONCLUSIONES EN CUANTO A LA UNITED AMERICANS
¿Es éste un caso en el que la mano derecha no sabía lo que estaba haciendo la mano izquierda? Probablemente no. Estamos hablando de titulares de compañías, y de compañías eminentemente exitosas si vamos al caso. De modo que la United Americans fue probablemente una artimaña para desviar la atención del público – y del gobierno – de los esfuerzos subterráneos que se estaban haciendo para ingresar al mercado ruso.
La United Americans es el único ejemplo documentado conocido por este autor de una organización que asistió al régimen soviético y que, al mismo tiempo, se ubicó al frente de la oposición a los soviéticos. Y esto no es, de ninguna manera, un curso de acción inconsistente y una investigación posterior deberá concentrarse en al menos los siguientes aspectos:

a)     ¿Existen otros ejemplos de doble discurso por parte de los grupos influyentes generalmente conocidos como “el establishment”?

b)    ¿Pueden estos ejemplos ser extendidos hacia otras áreas? Por ejemplo, ¿ hay ejemplos de conflictos laborales que hayan sido instigados por estos grupos?

c)     ¿Cuál es el propósito último de estas tácticas de “movimiento de pinzas”? ¿Pueden ser relacionadas con el axioma marxista de que tesis y antítesis generan una síntesis? Si realmente se acepta esta dialéctica, constituye un enigma el por qué el movimiento marxista habría de atacar frontalmente al capitalismo si su objetivo es un mundo comunista. Porque si el objetivo es un mundo comunista – vale decir: si el comunismo es la síntesis deseada – y el capitalismo es la tesis, entonces la síntesis tiene que ser algo distinto del comunismo y del capitalismo. ¿Podría, por lo tanto, el capitalismo ser la tesis y el comunismo la antítesis, con el objetivo de que los grupos revolucionarios y sus colaboradores constituyan una síntesis de estos dos sistemas para instaurar un sistema aún no definido?

MORGAN Y ROCKEFELLER AYUDAN A KOLCHAK
Almirante Aleksandr Kolchak
Al mismo tiempo en que tenían lugar estos esfuerzos para ayudar a la Oficina Soviética y a la United Americans, la firma J.P.Morgan, que controlaba a la Guaranty Trust, estaba suministrando ayuda financiera en Siberia a uno de los principales oponentes de los bolcheviques: el almirante Aleksandr Kolchak. El 23 de Junio de 1919, el congresal Mason presentó la Resolución del Congreso 132 instruyendo al Departamento de Estado “a realizar una investigación en cuanto a la veracidad total o parcial... de los informes de prensa” que denunciaban que los tenedores rusos de bonos habían utilizado sus influencias para producir “la retención de las tropas norteamericanas en Rusia” a fin de garantizar la continuidad de los pagos de los intereses sobre los bonos rusos. De acuerdo con un memorandum en archivo, producido por Basil Miles, un asociado de William F. Sands, el congresal Mason denunciaba que ciertos bancos estaban tratando de asegurarse el reconocimiento del almirante Kolchak en Siberia a fin de obtener pagos relacionados con anteriores bonos rusos.
Luego, en Agosto de 1919, el Secretario de Estado Robert Lansing recibió una carta del National City Bank of New York – perteneciente a la órbita de Rockefeller – solicitando el punto de vista oficial sobre un propuesto préstamo de u$s 5 millones al almirante Kolchak; a lo cual se agrega otra carta de J.P.Morgan & Co. Y otros banqueros solicitando el punto de vista del departamento en cuando a un préstamo adicional de 10 millones de libras esterlinas a Kolchak por parte de un consorcio de banqueros británicos y norteamericanos. {[3]}
Lansing le informó a los banqueros que los EE.UU. no habían reconocido a Kolchak y, si bien estaba dispuesto a darle ayuda, “el Departamento no considera que puede asumir la responsabilidad de promover tales negociaciones pero, no obstante, parece no existir objeción al préstamo siempre y cuando los banqueros consideren aconsejable el otorgarlo.” {[4]}
Posteriormente, el 30 de Septiembre, Lansing le informó al cónsul general norteamericano en Omsk que “en el interín, el préstamo se efectuó con un curso normal.” {[5]}Un 40% fue tomado por los británicos y el 60% restante por bancos norteamericanos. Dos terceras partes del total habrían de ser gastadas en Gran Bretaña y los EE.UU. y un tercio en dónde el gobierno de Kolchak dispusiese. El préstamo quedó garantizado por oro ruso (de Kolchak) que fue embarcado hacia San Francisco. Las fechas involucradas sugieren que los embarques de oro que hemos visto anteriormente tuvieron lugar como secuela de este acuerdo con Kolchak.
Las ventas de oro soviético y el préstamo a Kolchak también sugieren que la afirmación de Carroll Quigley, en cuanto a que los intereses de Morgan infiltraron la izquierda local, también se aplican a los movimientos revolucionarios y también a los movimientos contrarrevolucionarios del exterior de los EE.UU. El verano de 1919 fue una época de reveses militares para los soviéticos en Crimea y Ucrania; y este cuadro amenazador puede haber inducido a los banqueros británicos y norteamericanos a reparar un poco el vallado de las fuerzas antibolcheviques. La motivación obvia para esto sería la posibilidad de hacer pie en todos los campos y quedar en posición favorable para negociar concesiones y negocios después de que, ya sea la revolución o la contrarrevolución, hubiesen tenido éxito y se hubiese estabilizado un nuevo gobierno. Desde el momento en que el resultado de un conflicto no puede ser previsto en sus comienzos, la idea es apostarle a todos los caballos de la carrera revolucionaria. De este modo, se brindó asistencia a los soviéticos por un lado y a Kolchak por el otro – mientras el gobierno británico apoyaba a Denikin en Ucrania y el gobierno francés iba en ayuda de los polacos.
En otoño de 1919 el diario berlinés Berliner Zeitung am Mittag (8 y 9 de Ocubre) acusaba a la firma Morgan de financiar al gobierno de Rusia Occidental y a las fuerzas ruso-germanas en el Báltico, en lucha contra los bolcheviques – ambos aliados de Kolchak. La firma Morgan negó vigorosamente los cargos: “Esta firma no ha tenido en momento alguno discusiones ni reuniones con el gobierno de Rusia Occidental, ni con nadie pretendiendo representarlo.” {[6]} Pero, sin bien la acusación de financiamiento era incorrecta, existe evidencia de colaboración. Hay documentos hallados por los servicios de inteligencia del gobierno de Lituania entre los papeles del coronel Bermondt, comandante del Ejéricto Occidental de Voluntarios, que confirman “las relaciones que se afirman que existen entre el agente de Kolchak en Londres y el círculo industrial alemán que era el soporte de Bermondt.” {[7]}
En otras palabras, sabemos que banqueros de J.P.Morgan, Londres y Nueva York financiaron a Kolchak. También existen pruebas que conectan a Kolchak y a su ejército con otros ejércitos antibolcheviques. Y hay escasas dudas en cuanto a que círculos industriales y bancarios alemanes estaban financiando al ejército nacionalista ruso y antibolchevique en el Báltico. Es obvio que los fondos de los banqueros no tienen ninguna bandera nacional.

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[1] )- New York Times, 21 de Junio de 1919
[2] )- Ibid., 28 de Marzo de 1920
[3] )- Departamento de Estado de los EE.UU.. Decimal File, 861.51/649
[4] )- Ibid., 861.51/675
[5] )- Ibid., 861.51/656
[6] )- Ibid., 861.51/767 — carta de J. P. Morgan al Departamento de Estado, 11 de November de 1919. La financiación en si misma era ficticia. (Ver el informe de la AP en los archivos del Departamento de Estado que se encuentran después de la carta de Morgan).
[7] )- Ibid., 861.51/6172 y /6361
La Editorial
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Antony Sutton -Wall Street y los Bolcheviques